La caza por Manolo Cuadra
A Luis Arce,***************************************************************************** que por su cojera no pudo
acompañarme en mi vida peligrosa.
M.C.
EL hombre de los ojos azules lo vio desde las nubes. Aunque
la neblina era espesa y aumentaba parcialmente, apelotonándose
abajo, sus pequeñas ojos rapaces iban perforando
los vapores, ansiosos con la vecindad de la presa.
Destacábase diáfanamente, a la breve presencia del sol
segoviano, el avión invasor del tipo corsario, plenas de resplandor
las niqueladas alas. Describía largos círculos, ora
remontándose imprevistamente, ora abandonándose a la
ley de gravedad, como buscando el instante en que su presa
dejara atrás los últimos arbustos tras de los que se ocultaba.
Entonces haría ladrar sus ametralladoras… y one greasser
less.
Pero antes que el hombre de los ojos azules lo pillara
desde las nubes, el hombre de los cabellos lacios había localizado
también a su enemigo. Conocía, por aquel bugido,
la pronta, acaso demasiado pronta aparición de un cobarde
pajarraco yanqui. El terreno desarrollábase en una llanura
inmutable, en la que apenas una mancha de arbustos que
escasamente cubría una milla, accidentaba el futuro teatro
de la caza. Aquel peligro, aquella concurrencia de circunstancias
desfavorables no alteró el ceño del hombre que portaba
un mal rifle; antes por el contrario, pareció que su sonrisa
astuta de aborigen iluminaba el radio de su personalidad,
aclarando la mañana.
Él era el hombre de enlace entre el Cuartel General rebelde
y la Sexta Columna Expedicionaria que operaba hacia el
sur, allí donde los ríos arrastran oro y en las llanuras chontaleñas
pastan los tranquilos rebaños. Portaba instrucciones
del mando y por eso estaba temiendo una novedad en este
tercer día de su jornada cuando precisamente le faltaba otro
tanto para alcanzar su destino. Sí. Su destino. El destino de su
causa, amenazante una veces, amenazada las mas en cuatro
años de porfiada, de sobrehumana, de heroica resistencia.
Tomó alientos detrás del último árbol que le ofrecía la
suerte. Delante, huía hasta el horizonte la superficie pelada
Narraciones / Manolo Cuadra
111
del llano.
Vaciló un segundo –la fracción infinitamente reducida de
un segundo–, porque el pájaro venía ya sobre él, envolviéndolo
en el ronco fragor de su hélices. Ilusión o no, sintióse
empujado hacia atrás, hacia adelante, entre la tormenta de
aire batido por las aspas.
La ametralladora le envió un multiplicado saludo de balas,
a cuyos golpes las ramas del arbusto que lo protegía se
deshojaron como bajo la agresión del granizo.
Otros impactos se incrustaban al vástago.
Una nueva garua de uvas mortíferas, mejor dirigidas que
la anterior, cayó entre sus pies salpicándolo de plomo. Como
parásito, se abrazó al tronco salvador.
El hombre de los ojos azules precipitó su máquina en una
tercera tentativa asesina. El tren de aterrizaje casi llegó a rozar
la magra copa del árbol; pero entonces el hombre del
destino inseguro saltó y echó a correr… hacia el horizonte.
Proyectábase aquella mañana, bien que con diferentes
protagonistas, la eterna escena del ratón y del gato.
Durante tres veces, en el curso de la emocionante caza,
el hombre del destino amenazado logro burlar la mirada del
hombre de los ojos azules, protegido por el acolchonamiento
de la niebla. Sin embargo, esta tregua tenía un sentido
de ironía porque, o los vapores se arralaban, o era el mismo
fugitivo quien se obligaba a evacuarlos en su consigna de
correr para vivir.
En dos ocasiones ensayó su viejo rifle fusilando al azar
al mastín del aire, que amagaba sobre su cabeza desplazado
vertiginosamente. Solo cuando el hombre de arriba se
percató de que para terminar con éxito era preciso despilfarrar
menos municiones, el hombre de abajo mudó también
de táctica. Así fue que dejó de correr aplicando a su ruta un
paso casi natural, deteniéndose bruscamente para tomar
descanso cuando el pájaro incapaz de pararse en seco como
lo haría una bestia, lo adelantaba en centenares de yardas.
El hombre de los ojos azules sabía tener paciencia. La resistencia
física está fijada dentro de límites admirables, pero
inviolables; sometido a la camisa de fuerza del cansancio.
Pero aquel maratón tardaba más de lo previsto. Comprendía,
al cabo, que el combustible del tanque sufría merma
en aquella persecución endiablada y tenaz. Cuatro horas de
espiar sobre el cielo brumoso, metiéndose entre las nubes,
poniéndose en vertical sobre los ríos de arenosas riberas y,
al final, aquel diablo de hombre que no se dejaba pillar, le
La caza
112
tenían confundido. El deseo rabioso de terminar, de humillar
con la muerte a aquel fugitivo que lo burlaba, descomponía
su cerebro. A punto estuvo de descender sobre el llano y
disputarse el paso a plomo limpio con el hombre de la piel
cetrina.
Estaba dispuesto. En otra ocasión había practicado un
forzoso aterrizaje casi en las propias calles de Quilalí en medio
de las balas sandinistas que procuraban cazarlo y solo
se había salvado por la acción decidida de los marinos que
vigilaban el caserío desde la fortaleza. Por el contrario, ahora
resultaría cosa fácil. El llano de Jalapa, verde y muelle, lo
invitaba como un lecho. Para dominar el conjunto del panorama
levantó su máquina a regular altura.
––¡Hurra, hurra!
A primera vista creíase víctima de una finta óptica. Allá
lejos, pero bastante lejos, una manchita negra, talvez un ave
engañosa, remontaba la bruma, acercándose. Sus ojos entonces
se posaron jubilosamente en su reloj pulsera.
Solo podría ser Gadner, ¡en su corsario perseguidor!
¡Cheer up!
El sargento Gadner era, en efecto. Lo identificó por el
número, un refulgente 83 dibujado sobre las alas, cuando
el recién llegado voló sobre su avión y después cuando el
telégrafo de bandera le indicó que llegaba a relevarlo en su
misión de vigilancia.
Probablemente, el sargento Gadner del Cuerpo de Aviones,
no había caído en la cuenta del porqué de las extrañas
cabriolas de su compañero de armas. Esto preocupaba la
atención del hombre que ocupaba el asiento de mando
dentro del mastín del aire. Así fue que, para darle un guía,
tuvo que picar nuevamente contra la pequeña silueta que
se alejaba. Su aparato quedó aún a la expectativa esperando
el resultado de la señal, parecía un delfín indolente entre
el grosor de las nubes, en las que se hundía como en una
mar gris.
¡All right! Gadner ya levantaba su aparato, caracoleando.
¡Bravo! Ahora picaba como un aerolito. No había ninguna
duda. El mastín del aire quedaba sobre la huella…
Cuando el hombre que había tenido que correr para vivir
notó la presencia de un nuevo enemigo, resumió su situación
así: Uno, más uno: dos. Luego –en aquellos momentos
el primer avión se perdía en la lejanía–, rectificó su posición
en una simple fórmula de sustracción: Dos, menos uno, uno.
Fue en este momento cuando interrumpió su correr, aje
Narraciones / Manolo Cuadra
113
no aparentemente al hombre de los ojos azules y a su avión.
Estaba recordando. La sospecha de que aquello pudo habérsele
pasado por alto, le llenaba de incisiva inquietud. El
sitio en que se encontraba no le era completamente desconocido.
Identificábase poco a poco con la nueva naturaleza,
en la que iba desapareciendo paulatinamente la grama para
dar lugar a una superficie pedregosa que se insinuaba sin
cambios bruscos. El punto de referencia aparecía a menos
de un kilómetro. Se trataba de un gran mantón de niebla,
un pedazo de niebla densa y algodonada, notablemente diferente
al resto del paisaje. Algo parecido al manto de impenetrable
bruma que cubre las marismas.
Solo –en más de una ocasión había oído decirlo a sus camaradas–
que bajo la neblina, en lugar de la superficie pareja
levantaba su pétrea joroba una protuberancia formidable,
resultado quizá de alguna deyección geológica prehistórica.
Habíase ocultado allí Sandino, después de su Retirada del
CHIPOTE. En el mapa de guerra rebelde, conocíase ese punto
con el nombre de EL BRULOTE.
¡Hola! El hombre de los ojos azules estaba perplejo. No
comprendía porqué el fugitivo torcía bruscamente, sin razón
aparente. ¿Se quería hacer matar? ¡Ese hombre estaba
loco!
En el intervalo de tres minutos, dos veces el hombre de
los ojos azules pasó su máquina por encima del hombre que
corría; pero, aviador consumado, evitó siempre quedar de
espalda a su enemigo, merced a un sencillo looping de loop.
El hombre de las montañas sintió la muerte muy de cerca,
en las balas que le silbaban sobre los oídos y marcaban la
trayectoria del avión con las balas que se enterraban en la
superficie. Alzó los puños y amenazó al enemigo. Fue entonces
cuando el piloto lanzó su máquina contra el escurridizo
enemigo que se atrevía a amenazarle. Una bala certeramente
dirigida rompió un aparato en la cabina de mando. El resultado
era claro. El hombre se le iba. Ya estaba dentro de la
atmósfera pesada que rodeaba EL BRULOTE.
¡Son of beach! Hizo descender su aparato con mareante
celeridad y enardecido, deseoso de venganza, entró como
un torbellino detrás del otro, casi al ras del suelo, guiándose
como por instinto entre la bruma.
Un crujido, seguramente un grito. La visión de una mole
inmensa que se arrodillaba en tierra y el eco de la catástrofe
anegando el horizonte.
Sencillamente, el hombre que había tenido que correr
La caza
114
para matar, recuperó la promisora ruta abandonada. Atrás
quedaba la bestia rota, dolorosa y trepidante, sobre cuyas
heridas la niebla sobaba ya sus algodones cariñosos.
Hechos como este informan seis años de la epopeya segoviana,
gala de la literatura heroica. Fue una dulce mañana
del mes de octubre, en las llanuras de Jalapa…
(De: Contra Sandino en la montaña)
Mostrando entradas con la etiqueta Short Stories in Spanish. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Short Stories in Spanish. Mostrar todas las entradas
domingo, 18 de febrero de 2018
Música en la Soledad POR Manolo Cuadra (nicaraguense), Completo
Música en la soledad POR Manolo Cuadra (nicaraguense), Completo ****************************LLOVÍA nutridamente. Llovía fuego. Llovía balas. La espesura
de la derecha parecía incendiarse con breves intermitencias
y el insulto, arma formidable cuando se lucha cuerpo
a cuerpo, llegaba hasta los guardias que sostenían, en aquel
día de enero, uno de sus más difíciles eventos militares. En
fila india, única manera de evitar el Rush del fuego cuando
la fusilería barre a la descubierta y el enemigo se torna invisible,
los primeros guardias peleaban su terreno con tenacidad.
Sus predecesores en la inevitable caída, habían escrito
una levantada página de valor y sangre fría, cuantas veces
les tocara en suerte pasar por los aros estrechos de la emboscada.
Una larga cortina de acero, desde donde se veía morir el
sol hasta la orilla del abismo, pasaba y repasaba su aliento
cálido de horno, mientras el triste crepúsculo segoviano
caía lentamente de los ocotes, cubriendo con su párpado
cárdeno la sierra estremecida.
¡Una bomba! ¡Otra! ¡Otra bomba! Las columnas de asalto
sandinista iniciaron por segunda vez una sorpresa. Desde su
fresco nido de parásitas, una luisita1
tamborileó alegremente
sobre ellos. Algunos hombres, de rostros feroces y muy
mal vestidos, se detuvieron y cayeron.
––Tres menos, anunció Chávez, al tiempo que recontaba
avaramente sus municiones. ¡Firmes, guardias, aquí están
otra vez!
El hociquito de la Lewis asomó, cauteloso, y el sargento
Chávez manubrio la consabida pieza.
Obscurecía a diez grados por segundo. Obscurece rápidamente
en el bosque y más cuando la muerte aletea en
las pestañas. Las pestañas de Chávez y las de sus hombres
estaban llenas ya de eso. Solamente que todavía quedaba
alguna tela por cortar. El grueso de las patrullas al mando
de los Tenientes Brenes y Matus se sostenían aún. Pero, con
el último no se podía contar. El amor a las armas lo había
arrancado a las casas alegres de Managua y ahora el destino
acababa de gritarle ¡hasta aquí! Metiendo una bala encendida
en su corazón. Brenes hacia su debut en el fuego. Poco,
1 Lewis Machine Gun. Corrupción muy divulgada en el ejército.
Narraciones / Manolo Cuadra
123
como fuera su extremado valor infructuoso, podía aportar
en esa oportunidad.
Al efecto, su sección era la más reciamente batida. Le
tocó exponerse al fuego cuando a marchas forzadas se dirigía
a rellenar las brechas abiertas a la columna exploradora
del sargento Chávez. Se ofreció audazmente al fuego durante
algunos minutos solo para conseguir resultados harto
escasos.
El sendero serpeaba, cima arriba, con dos terribles amenazas
laterales: A la derecha, el fuego; a la izquierda, dos
pulgadas más allá de donde se arrastraban los guardias, el
abismo mareador y rugiente. En el extremo delantero la luisita
trabajaba todavía noblemente. A intervalos se advertía
alguna ligera falla en su perorata como en la delorador que,
en lo más emocionante del speech, un disparo de saliva se le
enreda en la tráquea.
––Esta luisita, comentó para sí Pet Gómez, vaciando su
sexta cartuchera, mejor luciría aquí, resguardando la carga.
Debimos preparar algo más para garantizar esto.
Nuevamente disparó. El enemigo estrechaba el nudo
corredizo de su estrategia, encimando sus fuerzas centrales
contra el tren de guerra. La sombra de los grandes árboles
brocheaba de negro la tierra. La muerte era segura, a menos
que optaran por rendirse. Pet oyó un agitado tropel a sus
espaldas. Un animalazo negro, con duras extremidades pasó
magullándole las nalgas. Arrastrándose hacía la derecha, hacia
el enemigo, invadió la zona batida para darse cuenta de
lo que pasaba. Todas las mulas que formaban parte de la división
de Matus, perdidos ya sus custodias, corrían, cuestas
arriba, a entregarse en manos contrarias. A su propio lado
–lo notaba hasta ahora– no habían más camaradas. Esas
mulas conducían abundante dotación de parque que la patrullahabía
de trasladar a uno de los más remotos puestos,
a tres días de Quilalí, en el corazón de la montaña. Esa munición
en poder de los sandinistas significaba la apertura de
una peligrosa temporada de guerrillas; el despliegue de una
ofensiva más vigorosa, la vida en la manigua, persiguiendo
al montañez invisible, por días, por meses, por años…Y más
compañeros muertos. Recordó, en un relámpago, a Navas, el
segoviano de la carota sonriente, a Pablo Ramos, degradado
en Managua por violación de la 17, transferido Luego a Las
Segovias y muerto en una emboscada al día siguiente; al sargento
Luis Estrada, con una pierna menos.
Eso no podía ser. No sería nunca. Volteó el fusil. Expuso
Música en la soledad
124
sus flancos, sin preocuparse gran cosa de los tiradores de
la otra línea, y luchando contra las sombras que ponían negrumo
en su visión, hizo fuego. La acémila, sorprendida en
su fuga, dobló las patas delanteras. Las cajas de munición
la atrajeron hacia sí, y desapareció en la hornada entre una
fanfarria de cajas destrozadas. Otra mula pasó con el ruido
peculiar de los animales que cargan armas. Dos balazos, y
luego aquella masa gris que avanzaba perezosamente por
el caminillo. Pet Gómez reconoció inmediatamente, como
todo guardia del norte que no quisiera pasar por recluta, al
Tren. Así le decían. De manos de los rebeldes, El Tren había
pasado a las del capitán Hatfield, quien la incorporó a su
cuadra de mulas tejanas, en donde cobró fama como animal
de gran resistencia y un sobrenombre con todo y articulo:
El Tren.
Pet lo conocía muy bien porque, además de ser él un veterano,
lo había dejado bajo su custodia desde el día anterior,
como operador que él era de la T. S. H. que conducía El
Tren. A Pedro Gómez no le constaba todavía haber matado
adversario alguno y he ahí que ahora tocábale hacerlo con
un aliado, con el animal de más útil hoja de servicios en las
caballerizas del área…
––En la merita frente, para que no sufra–se dijo.
El noble animal pasó, veterano de pies a cabeza, hendiendo
con sus patas tranquilas las escarpaduras. Pet lo contempló
por última vez, gigantesco, resignado y fiel, como una
gran mole de granito que se hubiera hecho sensible. Volvía
la cabeza instintivamente, sobre la línea de su grupa, avizorando
el peligro. Por la cuesta, ocultándose, bajaba media
docena de hombres a tomar el botín. Habían visto al tren
abandonar su custodia muerto y ahora iban sobre él. Gritaban
llenos de júbilo y entonces el soldado no vaciló más.
Le clavó una bala de oreja a oreja. El pobre bruto movió la
cabezota; sus patas se apoyaron todavía sobre el borde del
precipicio y perdiendo la gravedad se precipitó al fin en el
vacío tremolando las patas.
––Una carga que ellos jamás tendrán –murmuró Pet, siguiendo
el rumor de la caída.
Los asaltantes, como si lo hubieran oído, lo envolvieron
en mallas de caliente plomo. Contestó decididamente, con
rabia, sin darse cuenta de que ya el calibre le chamuscaba las
manos. Un plomo le arrancó el sombrero. Otro le quemó con
índice caliente las costillas. Lo cercaban. Pronto rodearían su
terraplén. La proximidad de la muerte le inyectó de pronto
Narraciones / Manolo Cuadra
125
un ardiente deseo de vivir. Un deseo que solo se experimenta
en las penitenciarías y en los hospitales. ¡Vivir! ¡El aire, la
luz, el sol! El Club de Alistados en Ocotal, sus compañeros de
la organización de (R), su torreón de Quilalí donde él había
soñado y recordado tanto. ¡Vivir! También le quedaría tiempo
para volver a estos lugares, incorporados a los muchachos
de la ¨M¨ invencible. Y el triunfo, la venganza…
Hincó la cabeza contra el labio del abismo. Se empujó
vivamente con los pies recordando una infantil acrobacia
del colegio, y pronto estuvo su cuerpo en vertical, oscilando
entre la seguridad y la muerte. Se sintió resbalar sobre la
misma inclinación suave que había recorrido el tren, sujeto
a las alternativas de lo probable y lo improbable.
No debió de permanecer más de un minuto fuera de conocimiento,
porque cuando volvió a hacerse cargo del comando
de sus facultades, los hombres que habían quedado
arriba lo buscaban, con la esperanza de cocerlo a balazos en
la oscuridad. Los rifles parpadeaban, buscándolo, al azar. Por
fin, gradualmente, la calma.
La terrible noche segoviana, como gigantesca carpa,
aparecía prendida del cielo por las tachuelas de cuatro estrellas
diminutas.
¿Qué hacer? Pretender subir era absurdo. Tampoco parecía
prudente. Seguir el curso de la cañada no conducía a
solución alguna. Restaba esperar. Palabra de doble sentido
cuya interpretación más bondadosa era la muerte lenta por
hambre o sed. De otra manera, el enemigo. El suplicio atroz,
incrustado a un árbol, mientras al son de una bandurria se
acercaba bailando el Degollador. Existía la remota esperanza
de que al día siguiente lograran localizarlo los aviones de
reconocimiento. ¿Lograrían verlo? ¿Podría desde aquella
cima hacer señales? Le faltaban bombas de humo…
¡El frío, el frío! Empezó a temblar como un envenenado.
Pasaron las horas, silenciosos carritos de hospital de ruedas
de hule. ¿Dónde estaría el Teniente Brenes, Pierna Negra,
Cera Mascada, Pija de hule? ¿Dormían, mejor que él, en sus
salvajes tumbas ignoradas?
Se acurrucó entre las patas del Tren buscando el regazo
de la carne todavía caliente.
––“Servidores hasta en la muerte”–murmuró, repitiendo
la levantada insignia de su regimiento. Obtuvo reposo entre
aquella trinchera de carne que le libraba a medias de las
oleadas filosas del frío.
Soñó que estaba en su cuartel de Quilalí, bajo frazadas,
Música en la soledad
126
enun confortable catre de campaña. Soñó con una alegre
hoguera, alrededor de la cual charlaban los guardias, calentando
en las llamas sus miembros entumidos; soñó con
los almohadones del Hospital Militar, con el trago de aguardiente
fuerte de los bares de Managua.
Despertó nuevamente cuando el sol, al través del tupido
ramaje, pulverizaba oro cordial sobre las hojas y los árboles.
Ahora que a la débil luz examinaba la trayectoria recorrida
en su descenso, no le extrañaba mucho el verse vivo, así
como el equipo de señales se hubiera conservado intacto.
Habíase deslizado sobre un fuerte tejido de lianas debajo de
las que existían andamiajes de bejucos resistentes y muelles.
¡Un verdadero milagro! Si hubiera algo para llevarse a la
boca… Diose a buscar entre las bestias muertas con la esperanza
de llevar algo al estómago. Solo municiones. Anduvo
zigzagueando como un barco ebrio y ancló descorazonado
cerca del Tren.
Y ahora, ¿qué? interrogó, dándole amistosamente con el
pie.
––Nada, ¿no es así? –prosiguió como si hablara con un
compañero–. Si al menos hubieras logrado conservar ileso
el equipo podríamos… eso es, jugarle una broma al destino.
¡Vamos a ver!
A golpes de yatagán abrió las cajas. Todo estaba ordenado
dentro de los compartimientos. Los depósitos, guarnecidos
con resistentes planchas metálicas y acolchonados por
dentro con bramante, lograron neutralizar los golpes de la
caída. No había más que proceder. Tubos, cuerdas, baterías
secas. Cuestión de minutos. Ya estaba entrenado en la instalación
de radios de campaña. Tendió alambres sobre los
árboles próximos. Hizo un pequeño agujero para el polo, la
raíz del espacio en la tierra. Ahora una sonrisa; la sonrisa de
un hombre que para salvar una dificultad no repara en los
medios… bueno, en medios como los que iba a poner en
práctica. Abrió las canillas. Un movimiento laborioso con
ambas manos a la altura de la pelvis, y al conjuro de ese pase
de prestidigitación un hilillo de líquido anaranjado llenó el
agujero.
Rió otra vez entre avergonzado y satisfecho. Le restaba ir
al aparato, cerrar los swichts para que el mundo, su mundo
urgente que eran las comunicaciones de la Guardia, se precipitara
dentro de sus oídos. Esta proximidad transformó su
panorama emotivo. Le invadió la sensación de que estaba
Narraciones / Manolo Cuadra
127
entre los suyos; de que pronto el toque de corneta sonaría,
llamándolos al rancho de la mañana. Creía en la posibilidad
de que ningún peligro lo rodeaba, hasta tal punto el milagro
de la onda lo reincorporaba a la vida de rutina. Porque allí,
vagando en éter, estaban las estaciones del Ejército enviando
informes sobre el estado del tiempo y de las patrullas en
general. Entre aquella red invisible, que le ponía en contacto
con alguna posibilidad de salvación, jugaba su esperanza
como la misma onda. Cerró el switch. A través de la mica
que transparentaba el milagroso organismo, los bulbos parpadearon
para volver a apagarse. Luego de examinar en un
instante la causa del inicial fracaso, equilibró la manípula,
fijó fuertemente algunas conexiones y lanzó sus notas triunfales
entre el concierto de las diversas estaciones:
––SOS, SOS, SOS.
Firmó: EVAN, que significaba: Estación Volante, Área Norte.
Giró su dial de un lado a otro, de la misma manera que un
médico investiga la anatomía de un enfermo, auscultando
los más remotos escondrijos del éter.
––SOS, SOS, de EVAN.
Dos estaciones, como mastines de presa, cayeron sobre
su envío. Habían escuchado y le contestaban.
––¿Dónde está?–le preguntaron.
––Radio G.N.–contestó él–, por la llave en Ocotal, Nicaragua.
El del manipulador que operaba en el otro extremo se
entretuvo en ejecutar una serie de puntos desacompasados,
señal de que reflexionaba. Contestaron lacónicamente.
––O. K.
Media hora después, un equipo de la Estación de Control,
en Ocotal, lanzó al aire su onda exploradora. No tardó en dar
con la EVAN:
––Aquí, sargento Tenorio, en la M. E. 7.
––Aquí, cabo Gómez, en la EVAN.
––Bueno, ¿se reconcentran?
––Ahora no es posible.
––Reciba entonces este mensaje:
¨De Ocotal,
Al teniente Matus: EVAN.
Reconcéntrese a la mayor brevedad.
Reyes, comandante¨
––El teniente–trasmitió Pet– no podrá leerlo ya.
––Muéstreselo en cuanto sea posible.
Música en la soledad
128
––Ni ahora ni nunca –Pet enviaba con mucha tristeza–,
ha muerto.
De llave a llave, el espacio quedó interferido por una cuchillada
de asombro.
––Sargento –continuó él, jugando lúgubremente con el
manipulador–, anoche fuimos aniquilados, yo me salvé por
casualidad. Estoy sólo, ¿me oye? –continuó desesperadamente–.
Sólo en un abismo sin poder decirle dónde.
Otra vez el silencio que sucede a las grandes tragedias.
En seguida la onda apareció.
––Bien, fratello –la nota había perdido su tiesura de rutina–,
voy a poner en movimiento al Cuartel General. No perdamos
el contacto. Regreso.
Minutos después, el sargento estaba de regreso, controlando
su onda.
––Jaló, frat.
––¡Jaló!
––Trasmito unos mensajes para Quilali y Wiwilí, ordenando
que salgan las patrullas en tu busca y con la orden expresa
de no regresar sin ti. Creo que tendrás ánimo. Cuestión de
días, dos o tres, a lo sumo. ¿Puedes aproximar una seña de
tu fondeadero?
––¡Claro! Estábamos a tres horas de las Vueltas, en el paso
Cuyusá. Frente al sol que moría, en medio de aquel mágico
juego de luces, eran…
––Suficiente, no te me pongas sentimental, que es malpresagio.
Voy a transmitir tus datos al Comandante del aeró-
dromo. Aguárdame.
Aguardó un rato. Las impresiones del sargento le llegaron
de pronto, por golpes, como en una demostración espírita:
––Alistan dos aviones para localizarte. ¿Tienes algo que
comer?
––Sí, las mulas muertas. Esta El Tren…
––Bien, que no se diga nada malo de ti. ¿Te acuerdas
cuando hacías de cuque, en Murra? En la cajilla de repuestos
encontrarás un soplete. Corta un trozo de pierna al tren y dé-
jate de sentimentalismos. Recuerda el lema de tu regimiento:
SERVIDORES HASTA EN LA MUERTE. ¿Se te ofrece algo?
¡Claro hombre, mándame unos mondadientes!
Un rumor arriba. Un sordo ronquido bajaba de las nubes
y se colaba a través del verde palio vegetal. ¡Los aviones!
En vano Pet intentó trepar por la bamboleante pendiente
encaramándose en los árboles vecinos. ¡Qué pequeñito,
qué insignificante que aparece un hombre en la selva! Las
Narraciones / Manolo Cuadra
129
aves niqueladas volaban bajo para cumplir su misión de
salvamento. Se orientaban al cálculo, tomando como base
los datos que la Estación había enviado horas antes. Nunca
hombre alguno había sentido más de cerca la fuga de su
esperanza… Los vio por un hueco, donde clareaba el cielo
segoviano, teñido de una adorable palidez femenina. Los
vio alejarse hacía el sur, sin una sola vacilación, mientras las
hélices resquebrajaban las nubes, arrancándoles miradas
de motas blanquísimas. Y, otra vez las horas; las lentas horas
tropicales desarrollando su telar invisible. Pocos momentos
más tarde restableció la comunicación.
––¡Jaló!
––¡Hola, Frat! ¿Qué hubo?
––Hoy y siempre será lo mismo. No sirven sino para desesperarme.
Los aviones estuvieron sobre mí, ensayando looping,
como para una revista. Después se marcharon, contentos
del paisaje. ¿Crees que los condecorarán?
Pet intentaba bromear, para mantener a flote su amor
propio. Sus clases de ética militar dictadas por el capitán de
14 Compañía empezaban siempre con esta advertencia: Suceda
lo que suceda, Ud. es un Guardia Nacional, un miembro
del Ejército.
––El hombre de la otra llave procuraba mantenerlo, estimulando
su esperanza. Comprendía la terrible situación de
Pet.
––Los muchachos se preocupan por ti. Ahora están a mi
lado conociendo tus impresiones. Cuando regreses, dicen
que pedirán tu ascenso…
––¿A la horca?
––No frat, te lo mereces. ¿Necesitas reponer alguna prenda
de vestir?
––No te preocupes, dijo él, aceptando la broma. Por ahora
solo deseo oírte más tarde, a las ocho. Procura tenerme
algunas nuevas.
Comunicose a la hora fijada.
––Mañana volarán de nuevo–le avisó el operador–. Reportan
que creyeron localizarte en el vuelo anterior, pero
que cuando bajaron para cerciorarse, los recibieron a tiros.
Algo como una varilla de hielo le midió el espinazo en
toda su longitud. Si tiraban contra los aviones significaba
que los muchachos, pero los otros, andaban cerca y que posiblemente
lo buscaban. Brotole de los poros un sudor helado,
de fiebre.
También le acometió un pánico insufrible. ¿Qué iba a de
Música en la soledad
130
cir? ¿Denunciaría su situación con frases desesperadas? Su
naturaleza de soldado, hecha para las reacciones violentas
en las emboscadas, logró sobrenadar:
––¡Oiga, frat! ¿A qué día estamos?
––A viernes.
––O. K. Hasta mañana. Quiero asistir a la hora femenina
que radia la J. A. B. B. en Barranquilla, Colombia. Buenas noches.
Olga Kiralina, la contralto rusa que cantaba en Barranquilla,
pasó por la pantalla de la noche la caricia de su voz de
terciopelo:
Ay! Cuando en la soledad
un hombre piensa y ama,
más le valiera
quemarse en una llama.
El desayuno fue un triunfo. Carne simple, chamuscada a
la presión con el soplete.
Toda la noche el cielo pasó desgajando cordiales racimos
de agua, de manera que la sed le concedía aquel armisticio.
El sol le encontró con la caña de pescar los peces-notas de la
atmósfera. El consabido:
––¡Jaló, frat!
––¡Buenos días!
––Los aviones ya se levantaron. Bordearán el Coco y repetirán
el raid punto por punto. Ahora sí que tendrás suerte.
––¡Al diablo con mi suerte, sargento! Van corridas cuarenta
y ocho horas. Daría tres meses de mi paga por estar con
Uds., a la noche, en el Casino de los Alistados.
––Eso ya vendrá Pet –habló el sargento desde el otro extremo.
––¿Deseas algo? Aquí tienes un radiograma.
A Pet Gómez, en la montaña.
Hijo, atentos a tu suerte. Que Dios te guarde.
Tu padre.
¡Su padre! Sollozó sobre el aparato, consciente de que no
le vería más; de que ya nunca volvería a verle, con la pipa
entre los dientes y los ojos fijos en el horizonte.
Otra vez la estación interlocutora:
––¿Quieres algo?
––¡Nada! Espero dentro de poco a los aeroplanos y deseo
hacerme ver. ¡Diantre!
Alegrole el sol que prendido en el oriente brillaba como
Narraciones / Manolo Cuadra
131
una gran gota de vino claro.
––Como en mi casa–contestó él, refiriéndose al “como estas”–.
Pasé despierto parte de la noche; la otra, con los ojos
abiertos. ¡No, nada de miedo! Únicamente cierta aprehensioncita.
––Te digo que antes de dos horas te visitarán los aviones.
Por otra parte, es seguro que hoy establezcan contacto con
las patrullas que marchan rompiendo la jungla.
Casi al mismo tiempo, ahogado por la espesura y la lejanía,
retumbó un golpe. Otro después, más apagado, más
distante, apagado acaso por el viento. Al otro lado del abismo,
¡trabajaban! Le embargó el júbilo. ¡Su liberación! El regreso
a Ocotal. El abrazo regocijado de sus compañeros del
Ejército. Como final, un permiso de treinta días a Managua.
La paz. ¡El reposo en su cuartito de ventanas verdes y los brazos
morenos de Clarita Guevara!
––¡Frat, sargento –gritó desde la llave. Este es mi último
día de destierro. Ya vienen, los oigo trabajar. Por muchos que
sean los obstáculos, estarán aquí mañana!
Los golpes, en efecto, recobraban su ritmo frenético e insistente.
––Informaremos a los pilotos–le repuso el del otro aparato–.
Búscame, cuando el sol caiga de plano.
Nuevamente, una duda espantosa le derritió la médula
¿No serán los otros que se han propuesto cazarlo?
Los golpes siguieron retumbando monótonos, equívocos.
Pero reanimose cuando dos horas más tarde aparecieron
los rápidos scouts del Ejército. Pasaron sobre su cabeza
sin dar señales de haberlo visto, tomando la dirección de
donde parecían venir los golpes. Una angustia fría, definitiva,
aceleró el corazón de Pet. Los hombres misteriosos que
trabajaban en la jungla se acallaron. Ya no le cabía duda. De
nuevo los pilotos pasaron sobre su cabeza, efectuando círculos
y picando donde creían conseguir alguna visión… y
de nuevo se alejaron por las abiertas rutas del espacio, batiendo
la mantequillera de nubes, en el silencio de la mañana,
brillante y mágica.
Entonces los ruidos regresaron insistentes, despiadados.
Eran como el tic tac de un reloj fantástico. Al medio día se
abocó otra vez con la M. E. 7. Esta le esperaba desde hacía
media hora.
––Volaron los aviones –informó Pet desesperado, pero
sehicieron los locos y no me vieron. Es inútil –siguió trasmitiendo
con sequedad–. Que no sigan gastando gasolina y
Música en la soledad
132
que me dejen en paz. ¡Es horrible ver cómo se mueven esos
malditos, mientras yo sigo aquí, enterrado vivo en esta tumba!
Los golpes, más audibles, se metieron en sus escuchadores.
Los carpinteros remachaban los clavos de la caja.
Prosiguió: Desde el amanecer trabajaban a golpes de
machete. No son guardias, puesto que se ocultan de los
aviones. ¡Me van a cazar como a una zorra, sargento!
Cualquiera respuesta hubiera sido embarazosa. La verdad
que Pet exponía era flagrante. El sargento buscó la tangente.
Transmitió: Mensaje para Pet Gómez, en la montaña.
Por los diarios me doy cuenta de su situación. No olvide
Arreglarme antes los tres meses de arrendamiento. Cordial
Simpatía. –(f) Nathaniel Levy
––Asquerosísimo judío, gritó cerrando los puños, ¡vete
para Alemania! ––Sargento –dijo, ya pasado aquel arrebato,
necesito un favor.
––Habla, Pet, pide lo que quieras.
Adivinábase que el sargento estaba conmovido. Aquel
ofrecimiento sin reservas lo demostraba enseguida.
––Es algo fuera de rutina –él estaba trasmitiendo angustiosamente.
¿Es posible que me atienda la Central de Managua?
––Pues, claro…
––¿Y conversar allí… con alguien? A la derecha de donde
trasmite está mi catre. ¿Lo ve? Descorra la toalla, en la cabecera.
Bien. Un retrato. Ella es Clarita Guevara, de quien deseo
despedirme. Si acceden, ella no vacilará en llegar. Deseo que
esta súplica se la trasmita directamente al General.
¡El General! Lo había visto una líquida vez cuando en ocasión
de haber estallado un depósito de pólvora, el Jefe del
Ejército había visitado a los heridos, en el Hospital Militar.
Lo había visto sentarse en el mismo catre del Sargento Canales,
que mugía de dolor con un charnel en el glúteo. Los
ácidos, el corrosivo de los antisépticos, como que disolvían
en aquella sala las divisorias jerárquicas. El viejo, así lo llaman
los soldados a espaldas de los oficiales, por supuesto.
Encerraba esta palabra, acaso irreverente, un sincero fondo
de pleitesía filial.
––¿Crees que lograré, frat?
––Vamos a luchar, repórtate a las tres.
Esperó. Dominado por una dulce lasitud dobló la cabeza,
y cerrando los ojos para que la evocación no se fugara por
Narraciones / Manolo Cuadra
133
las rendijas de los párpados, comenzó a bordar el primor de
un recuerdo:
Reía Mayo. Abrían los parques sus bazares de rosas y en
el bouquet de las vitrinas sonreían los últimos disparates de
la moda, con esa fecundidad total con que se inauguran las
primaveras del mundo. Pet había conocido a Clarita Guevara
en el Café Chino de José Lí, el oriental que también sabía
combinar el matiz de las rosas y cultivaba en su parque, bajo
túneles de hojas doradas, el milagro de los rosales enanos.
Intimaron al amor de las bebidas que se ofrecían en minúsculas
tacitas de bambú. Eran buenos tiempos económicos
de la pre inflación. Delicioso pasado aquel, donde florecía
el cenáculo de la bohemia del alba. Amalgama de poetas
y pintores todos olvidados del presente y urgidos de porvenir.
Era Clarita generalmente quien iniciaba la cosa:
––¡Menta!
Luis Arce: ¡Whisky!
José Francisco: ¡Gin!
Rim: ¡Ron!
––He aquí una antología alcohólica, apuntaba Pet. Y luego
él:
––Aguardiente, José!
Llenábanse las mesitas de rosas de vidrio. Él, mirando a
Clarita sorber la menta verde, experimentaba un delicioso
malestar. La quería verdaderamente. Bajo el casquito de
seda negra, su pelo dorado fulguraba a la luz de los farolillos
del Japón. Pet le quemaba en silencio, como si fuera una estatuilla
milagrosa, el incensario de sus cigarrillos. A Clarita le
encantaba el modo de sus galanterías ultraístas. En efecto,
Pet le había escrito un madrigal desconcertante:
Tus ojos, gotas de pus,
Tus ojos de azul, azul!...
Por eso ella había querido apresurar los acontecimientos
y poner, en la ¨i¨ de su vida, la tilde rosada que le faltaba.
Aquello llegó en breve. Doraba el sol la carne morena
de la playa y sobre el lago, que tenía ojeras de horizonte, se
fugaban raudas las velas. Acercó sus labios hasta el caracol
transparente de la oreja de ella. Expresó sus sentimientos
con las mismas palabras que lo han hecho generaciones que
se pierden en la noche de los siglos. Y se las dijo simplemente,
por lo que el amor lleva en sí de ángel y de bestia:
––Clarita, yo te quiero…
Música en la soledad
134
––Yo también, Pet. ¿Y por qué no me lo habías dicho?
––Porque los anteojos me lo impedían. A través de los
vidrios, el deseo como que se desgasta. Ahora, sin lente, me
siento más sincero.
Dieron el gran paso sin teatralidades. Fue en el propio
cuarto de Pet. Elaboraba su fina tela liquida la llovizna de noviembre.
De la tierra, repentinamente poseída por el chaparrón,
se izaba un vibrante vapor genésico, delicado y brutal.
La perspectiva era oportuna:
Mirar desde la ventana, el agua corriente de las alcantarillas
alejándose entre los recodos…
Abandonar su vida, a la deriva, obediente a las disciplinas
del porvenir, sin brújula por los caminos del mundo…
Contemplarse, ella misma –barquichuelo de papel tirado
aguas abajo–, en un arrebato de egoísmo.
¡El amor… el amor!
Recordaba Pet a su compañera de cuarto, a la adorable
bebedora de menta del Café de José Lí, caminando a la vera
de los jalacates, entre los lirios de los platanillos y sonriéndole
desde el kiosko oscilante de su parasol florido.
Clarita, Clarita, suspiró con las manos extendidas.
Una nota bien conocida por él, cantó en el nido de sus
escuchadores. Avanzaba en el espacio la vibración del pensamiento
de Clarita; la plegaria más íntima de su corazón
doloroso.
––Aquí, Clarita Guevara. Se le conceden diez minutos.
El no quiso recargar el drama. Dijo su salutación en la forma
más natural del mundo.
––Amor, ¿cómo estás?
Pero había una lágrima en sus ojos hundidos y su trasmisión
era vacilante, mala.
––Sufro mucho, Pet. Anoche estuve con mi tía en la Gruta
de Santa Teresita. Rezamos por ti:
––¿Y el Café Chino?
Ella se lamentó al otro lado del espacio.
––Pet, por favor, ¿cómo puedes suponerlo? Estaba en la
oficina cuando me di cuenta por los diarios. Los de la mañana
aseguran que te rescatarán como a los aviadores que cayeron.
Mi tía está que es un manojo de nervios; cree que tú
estás rodeado de sandinistas; pero el General le ha probado
lo contrario, con unos mapas en la mano…
Dejose oír, con claridad que lo hizo estremecer. El golpe
recio y cercano de machetes que abaten la selva. Pet palideció
radicalmente. Sentíase como un autopsiado, sin miem
Narraciones / Manolo Cuadra
135
bros, sin corazón. Hubiera dudado de que existía, a no ser
que una de las chapas metálicas del aparato reflejaba su cetrino
rostro, hirsuto y desencajado.
––¡Si! Claro que me libertarán como a los aviadores que
cayeron, contestó repitiendo idiotamente la esperanza de la
muchacha.
Ya no tenía control. Obedecía a las más absurdas reacciones.
––¿Y vendrás enseguida?
––Pues claro. ¡Me merezco un gran descanso!
––Ayer estuvo a verme Nathaniel, el de la casa…y me habló
algo sobre el rezago.
Voces. Voces ferozmente alegres, llenas de sangre, hediondas
a excremento, saturadas de júbilo maligno llegaron
hasta su tumba. ¡Ah! Él juraba por los manes de sus antepasados
que ni los hombres que pronto lo tendrían en sus manos
le inspiraban un asco tan acabado como ese Nathaniel,
el perro semita. Llegaba a romperle el tiquet de tranquilidad
que había adquirido para su viaje sin retorno.
Golpeó la llave en un último y salvaje alarde de ironía.
––¿Nathaniel? ¡Que espere! Si vuelve, entrégale de mi armario
“MI LUCHA”, de Hitler. Será suficiente.
––Pet, ¿qué quieres que prepare a tu regreso?
Él movió la cabeza. A sus espaldas las ramas se desgajaban.Una
turba de pájaros salvajes huyó espantada. Lluvia
de coleópteros polícromos abandonaron la corola de las orquídeas.
Un cuervo augural cruzó los cielos. Los machetes
desgarraban la entraña vegetal y el ruido le impedía oír.
––Cómprate un traje azul, igual al que llevabas aquella
mañana en que el agua caía, y tú eras como un barquichuelo
de papel.
––¿Qué dices?
––Dije algo; pero ya no digo nada, trasmitió Pet, que cobraba
poco a poco la lucidez de la muerte.
Iban a despedirse. El poema al borde de la tumba se cortaba
con un punto final. Los machetes trabajaban, frenéticos.
Una lluvia de hojas doradas, hojas amarillas, hojas grises,
aureolóla cabeza de Pedro.
––Bravo–transmitió, aparentando alegría–, ya los hombres
están aquí, cerca, muy cerca. ¡Voy a prepararme, Clarita!
––Adiós, amor. Yo te espero…
La nota se retiró. El diapasón huyó por el brumoso cielo
segoviano y el único hilo que lo ataba a él con la existencia
desapareció para no volver.
Música en la soledad
136
––Música en la soledad, pensó abriendo el switch.
Un boquete fue abierto a pocos metros, en lo más espeso
de la jungla. Como en una fantástica representación teatral,
por el agujero dejó verse un rostro barbudo, iluminado por
dos ojillos que se reían maligna, silenciosamente. El recién
llegado levantó su rifle y apuntó, cerrando una de sus pupilas
de víbora.
Pet Gómez intuyo lo que pasaba. Sintió la mirada del enemigo
que se le clavaba ardiente, viscosa, fría, en las espaldas.
Se acordó del cuartito de ventanas verdes, donde ella le
había dado amor una mañana de lluvia…
El disparo que le perforó los pulmones no le arrancó un
solo movimiento. Pero sonreía.
Bajo la emoción que le ceñía el pecho, todo, hasta la
Muerte, le parecía el principio de un ensueño muy dulce.
Quilalí, Nueva Segovia, 1933.
Torturados POR MANOLO CUADRA (NICARAGUENSE) Cuento Completo.
Torturados POR MANOLO CUADRA (NICARAGUENSE) Cuento Completo. DENUNCIA la luz los contornos del bote, en el que se levantan
a compás los remos silenciosos, envueltos hasta la
mitad en fundas de bramante.
Phillips habla en voz baja. Su compañero arrástrase a fin
de observar:
––¡Son ellos!
Se apelmaza contra la arena. El otro hace lo mismo.
Continúa acercándose el bote, pero tan lentamente, que
desespera a los dos hombres. Al fin atraca. El ruido que hace
la quilla al hincarse en la arena arranca al silencio una nota
de alarma. Voces. Un ligero chapoteo.
––¡Arriba las manos!
El triángulo de luz de un reflector irrumpe sobre los marineros
y entre el rumor de la lucha elévase la voz de Hays
––¡Al cuartel, pronto!
La patrulla toma un sendero estrechísimo que despierta
en una línea blanca y sucia cuando cae sobre él, el chorro
luminoso de los focos.
Senderito inverosímil, encaramándose a medida que se
avanza, sobre el dorso de una elevación montañosa. Marchando
de uno en fondo, deteniéndose constantemente
para no despeñarse, el grupo, más que una patrulla armada
en guerra, pareciera una troupée de alambristas en exhibición
fantástica ante la noche.
Tupe la maleza por ambos lados y cubre el cielo sobre
la cabeza de la expedición. A las bifurcaciones sobrevienen
descensos demasiado rápidos: aun una dilatada planura, todavía
el paso de la quebrada y, hasta entonces, la pendiente
fácilmente perceptible.
Aparecen, de choque, media docena de luces pequeñas,
semi-rojas, tristitas y desveladas.
––Quilalí –apunta Hays.
Los soldados respiran satisfechos, uniformemente, como
no lo harían mejor en su clase de gimnasia respiratoria.
Ante el índice del farol que raya la obscuridad las tinieblas
vuelven grupas atropelladamente. Hays ordena:
––¡Vengan los prisioneros!
Una sombra adelanta, seguida de otra que llena el trayecto
con un chirriar de hierros. Al penetrar en la cámara de
las torturas, la luz le da encima. Esa sombra es un hombre.
Torturados
106
Delgado, de estatura mediana. Los ojos pequeños sumamente
brillantes, parecen tizones prontos a darle fuego a los
matorrales de las cejas; pero su piel, pálida por la ausencia
de glóbulos, tiene una diáfana transparencia palúdica.
Se ha quitado el empalmado y lo voltea entre las manos,
como si con el contacto de esa prenda tan familiar quisiera
convencerse de que no está siendo víctima de una pesadilla.
Mira a su alrededor caras desconocidas, que, por una paradoja,
le son a la vez perfectamente conocidas: son caras
enemigas.
Contesta a las preguntas de Hays cuyo español es tan
ortodoxo como su slang neoyorkino. Es la misma, la misma
declaración que constituye un motivo central en la vida y
sentimientos de cada habitante de esta región:
Enmontañó el mismo día que su rancho fuera quemado
por los airoplanos. Con el hijo mayor, ese mismo que han
traído con él, logró escabullirse ende que voló su champa.
Hubiera querido también arrastrarse a Pedrito; pero el pobre
ya estaba boquiando, con los menudos deshechos. Su
mujer, por lo que le decían los ispiones, debía estar en la reconcentración.
Ha terminado. Su voz lleva a horcajadas, en premeditada
solidaridad, la historia de todos sus compañeros dispersados
más o menos así.
Hays adelanta, acercándose:
––¿Sabe esto? Yo saber que usté las hace.
Es un tarro enorme, de cerca de tres libras, que no llegó
a explotar. El otro, lanzado con mucha seguridad, fue el que
decidió el contacto a favor de los rebeldes en la emboscada
de la noche anterior.
¡Pobre el segundo teniente Livington, tan joven, tan
gentleman!
Hays dedica un recuerdo conmovido a su gallardo compañero
de la marina, caído el primero en el momento trágico
de aquella encrucijada obscura. Recuerda la confusión después
de la sorpresa, los rostros lívidos de los marinos que,
sin poder localizar a los asaltantes se asesinaban entre sí.
El prisionero calla. Aquel objeto le ha traído a la mente el
empleo que, acompañado de su hijo, daba al tiempo en los
talleres improvisados de “El Cinchado”. Días enteros guareciéndose
bajo las champas, ocupados en llenar de pólvora,
púas y otros desperdicios metálicos, los potes de conservas
que los gringos, admirables gastrónomos consumían en sus
expediciones. La mecha está quemada hasta la mitad. Una
Narraciones / Manolo Cuadra
107
pulgada más y habría tocado el fulminante. ¡Qué lástima!
Dice al fin:
––No sé qué es eso. Yo no sé nada.
––¡Empiecen! –ruge Hays.
Pero hace una nueva tentativa de cohecho:
––Dice, hombre; dice…
El hombre niega, impasible. Los puños del yanki cruzan, y
el hombre se abate como un corcho.
––¡Empiecen! –repite.
El prisionero incorpórase bajo sus patadas sonámbulo.
Dos cuerdas metálicas salen del generador, pasan por la llave
del trasmisor de radio y terminan en los pulgares de sus
manos, fuertemente incrustadas.
Dos hombres han ensamblado las manivelas en el eje que
mueve aquel artefacto. La corriente se multiplica a medida
que el engranaje gira impulsado por las manivelas. Phillips
aparece por la puerta trasera y vuelca una cuba de agua bajo
los desnudos pies de la víctima, que se vuelve, sorprendido
de algo que no comprende. Hays ríe:
––¡Oh Phillips! ¡Delicioso! ¡Fantástico!
El paciente inicia un movimiento de abajo para arriba, retorciéndose
como un hombre que se despereza. Un gemido
de imposibles interpretaciones fonéticas, amorfo, inarticulado,
sale de su pecho y queda, doblado por el eco, revoloteando
en el cuarto.
En voz alta, Phillips va marcando el recorrido de la aguja
que indica un ascenso en el voltímetro:
––Hundred… two hundred-sixty… three hundred-ten…
Los operadores continúan volteando las manivelas.
––Three hundred eighty –canta Phillips.
El torturado no resiste más. Disparado por fuerza irresistible,
choca contra una pared en envión violentísimo, rebota
y cae ruidosamente. Los extremos metálicos se han zafado
de los pulgares. Adviértese sobre éstos el rastro sangriento
de la tortura.
Hays está sobre él, conectándolo nuevamente a la cuerda.
Las manivelas, que han sido paradas mientras dura esta
operación, giran otra vez. La víctima salta desde el suelo lo
mismo que pelota de goma. Intenta apoyarse en la pared;
pero resbala y cae. Sus manos críspanse, una sobre otra, en
gesto de sufrimiento infinito. El extremo de ambos alambres,
no protegidos por la capa aislare, forma circuito con
este movimiento imprevisto. Pronto una llama lengüetéa,
achicharrándole la piel de las manos en pirotecnias maca
Torturados
108
bras, como si fuera un ilusionista estupendo.
El olor atosigante del pellejo quemado llena la pieza.
Un entusiasmo satánico ha coloreado el rostro de Phillips.
Hays sólo sonríe.
Sobre el piso, estropajo de carne, sudor y sufrimiento, el
hombre gime con un gemir cortado, como sólo pudiera hacerlo
un niño a quien le faltara el calor de la madre.
Phillips espía, temeroso de perder un solo detalle del espectáculo,
el rostro odiado.
––Povrecito, povrecito. Llevarlo a la enfermería.
Un minuto después lo fusilaban.
¡El otro!
Por un refinamiento de crueldad han hecho que el otro, el
hijo del hombre a quien acaban de suministrar un calmante
definitivo, presenciara la tortura desde una pieza contigua.
Impotente para socorrer al padre sacudido bajo la acción de
aquel chunche infernal, el otro ha cerradolos ojos. Las detonaciones
oídas ha poco le tranquilizan. Su padre ha dejado
de sufrir. Él sabe ¿Quién no sabe lo que significa conducir a
un prisionero al hospital?
Al entrar, dijérase guiado por una rara voluntad de sufrir,
de tal manera se planta ante el instrumento y aun ofrece
ambas manos a los operadores. El bozo, apenas perceptible,
deja suponer el arranque de la adolescencia. La vida semisalvaje
que llevaba ha dado a sus músculos, con el constante
ejercicio de fugas y persecuciones, una hinchazón prematura.
Bajo el pantalón, que debe tener meses y meses de uso,
márcanse perfectamente los altos relieves de la virilidad.
––Y usté, muchacho, ¿usté tampoco sabe esto?
El jefe tiene la bomba entre sus manos: la pone bajo unos
ojos asustados; la choca fuertemente contra unos labios,
hasta hacerlos sangrar. De momento Phillips falla y alienta
una esperanza.
––¿Sabe? Diga…
Ninguna contestación. La víctima permanece lejana, tal
vez sumergida en la evocación de su libertad perdida.
Phillips esboza una señal. Las manivelas comienzan sus
fatídicas vueltas. Bajo los alambres corre el voltaje que desemboca
en los pulgares, mordiendo el resto del cuerpo. Sudor
copioso. El cuerpo se encabrita, gira, recójese sobre si,
adoptando las poses más excéntricas. Es algo infinitamente
parecido a los visajes de un contorsionista. Las manos mué-
vense rápidamente en movimiento de martilleo, con velocidad
que no decrece, Hayscompara esas contorsiones con
Narraciones / Manolo Cuadra
109
las del pugilista que golpea un punchingball. Y grita, alegre:
––¡Mira, Phillips, mira!
Y Phillips mira, pero otra cosa, con el rostro alargado de
espanto. Los pulgares del preso se han unido. La llamita siniestra
despliega su cabellera quemante sobre unas manos
que van a posarse en la mecha del tarro infernal. Toda la sangre
se agolpa en el corazón miedoso de Phillips.
Quiere huir…
Es inútil. La explosión se produce.
***
Sobre la viga del techo un fragmento humano se balan
cea graciosamente. Es una pierna.
¿Habrá pertenecido a Phillips? ¿A Hays?
¡Quién sabe! Pero es, evidentemente, una pierna.
sábado, 17 de febrero de 2018
Adolescencia por GUILLERMO MENESES. Completo
ADOLESCENCIA por GUILLERMO MENESES
Hic est enim qui dictas est par Isaiam
prophetam, dicentem: Vox clamantis in deserto: parate viam Domini, rectas
facites semitas ejus. (Pues este es de quien habló el profeta Isaías diciendo:
Voz del que clama en el desierto: aparejad los caminos del séñor; haced
derechas sus veredas). Son palabras tomadas del evangelio de San Mateo,
capítulo tercero, versículo tercero.
En la atmósfera azulada de la capilla, entre el
olor del incienso y de la cera, se desleía la voz del padre Echevarrieta,
Director Espiritual del Colegio, quien, apenas soltó un latinaz- go, se detuvo
arrugando entre los dedos los pliegues de la sotana y suspiró, como si la
gordura de su cuerpo rechoncho le apretara las fuentes de la elocuencia. No
tenía facilidad de expresión y, antes de comenzar sus sermones, hacía siempre
un pequeño rato de silencio en el que examinaba con sus ojillos pequeños*
vivos, rodeados de arrugas, las filas de sus alumnos amodorrados y soñolientos
en los bancos de madera oscura. La- redonda cabezota movíase nerviosa entre los
encajes del alba y sus labios tomaban forma de sílaba una y otra vez para
quedar de nuevo cerrados a la voz como una pequeña raya inútil perdida en la
gordura de sus mejillas.
En el fondo de la capilla, junto al confesionario
solemne, julio Folgar-moreno,
flaco patiquín de 15 años- sonrió dando un
codazo a su vecino:
—¡Mírale la boca!
Ya se habían hecho célebres entre los
colegiales los cucuruchos y monerías que tenía que hacer el padre Echevarrieta
antes de lograr la primera frase de su discurso y en el patio de recreo se
decía entre risas que al Director Espiritual le fallaba el a- rranque porque
tenía mal el carburador o porque, tal vez, estaba acostumbrado a salir con
manilla. Julio Folgar iba a repetir el chiste popular entre la chiquillería
cuando, lamentablemente, con tropezones de ciego abandonado, la voz del
sacerdote cogió la senda evangélica contando el encuentro de Juan el Bautista y
Jesús.
En el estanque azulado de la capilla, en el
agua piadosa y devota que se apretaba entre las oscuras paredes, en la penumbra
quieta y beata, se extendía la alta voz dulzona que arrullaba y adormecía a los
colegiales. Tal vez Julio Folgar era el único que, apoyándose en el relato de
su profesor, se divertía imaginando de nuevo las escenas con añadidos tomados
del cinc y de sus libros, mezclando los misterios y mandatos religiosos con el
empuje de su imaginación.
El tenía un libro de estampas en que estaba grabado el bautismo de
Jesús. Era un fresco remanso del Jordán, sombreado por anchos árboles de espesa
ramazón; en la sombría quietud del agua se desdibujaban los pies del Señor y
el cielo luminoso hacía aureola de santidad en redor de la cabeza del Mesías.
Juan sostenía un cuenco del que caía el agua bautismal clara y blanca como una
bendición, clara y blanca como la frase que se oyó en ese momento: “Este es mi hijo
muy
amado en quien me he complacido” ... Juan estaba vestido con una
piel de camello. Era un perseguido, un hombre violento que luchaba contra los
poderosos, que acusaba a Herodes de ser adúltero con la mujer de su hermano...
Y, una noche, Salomé, había bailado su danza mejor, la que enloquecía aLRey.
“Pídeme lo que quieras; aunque sea la mitad de mi reino...” Y Salomé había
pedido la cabeza de Juan el Bautista... Salomé... Julio Folgar ha visto una
bailarina en el Teatro Olimpia, que baila el fox-trot Salomé con una falda de
cintas y el vientre desnudo y dos redondeles brillantes en los pechos...
Bailando va,
suavemente sutil la celestial Salomé...
Al hacerse más recia, la voz del padre
Echevarrieta le apagó los pensamientos. Apretándose la panza con las blancas
manos gordezuelas, el Director Espiritual hacía sus consideraciones, metiendo
en el discurso sus latines inútiles y pedantes.
-Las palabras dei evangelio, queridos hijos,
contienen siempre, a más de la historia de Nuestro Señor, útiles enseñanzas y
sabios consejos. Parate viam Dominio aparejad
el camino del Señor, dice el Apóstol. He aquí un consejo, un grave consejo...
Hablaba el Bautista ante una respetable asamblea, ante un numeroso auditorio;
pero, aunque estaba ante esa regular cantidad de personas, seguía siendo para
muchos “vox clamantis in deserto”. Había allí fariseos y enviados de los
Príncipes de los Sacerdotes, almas cerradas a la gracia, sepulcros
blanqueados, personas de las que dijo Jesús que tenían oídos y no
oían, que tenían ojos y no veían. Sordos y ciegos de corazón... En la vida
práctica, queridos
hijos, nunca debemos ser de estos sordos y ciegos,
más
desgraciados que los verdaderos; debemos, por el contrarío,
abrir el corazón
a las divinas insinuaciones, arreglar el alma para la gracia... Dice el Evangelio
que Jesús fue llevado al desierto para que el diablo lo tentara “ut tentaretur
a diabolo” y ayunó cuarenta días y cuarenta noches; (así se prepara Dios mismo
para recibir las tentaciones!
¡Y nosotros, miserables humanos, no queremos hacer un solo pequeño esfuerzo, como si
el cielo se pudiera ganar sin dolor!... Después de este ayuno,
Nuestro Señor tuvo hambre y hasta El se llegó Satanás: “Si eres hijo de Dios,
di que estas piedras
se conviertan en pan”, Jesús respondió: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios’*...
A Julio Folgar le gustaba esta frase. Cuando su
madre quería comprar
un vestido caro o un frasco de perfume, decía siempre eso: No sólo de pan vive el
hombre; pero pensando que Jesús lo dijo en la oscuridad de una
noche terrible, rechazando la tentación del diablo, aparecía
majestuosa y brillante. “No sólo de pan vive el hombre”... En todo
caso era una contestación
mucho más bella que la de la segunda tentación, la de “no
tentarás al Señor tu Dios”... Julio amigó la nariz al oírla de los
labios del padre Echevarríeta: “no tentarás al Señor tu Dios”, no tenía vigor;
él adoraba
las frases grandes
y retumbantes
o las irónicas, amargas. Por ejemplo: “Si la naturaleza se opone,
lucharemos
contra ella y haremos que nos obedezca”, aunque los padres dijeran
que es una blasfemia de Bolívar, le llenaba el pecho de orgullosa
ansiedad.
El Padre
Echevarríeta continuaba:
-Luego, el demonio
llevó a Jesús a un monte muy alto y le mostró desde allí todos los reinos de
la tierra.
¡Todos
reinos! ¡Todas las épocas! ¡Todos los poderes! Siria, Caldea y
Mesopotamia, China y la India, Egipto y Grecia y Roma.
Con rapidez de hachazos, entraban las imágenes en el pensamiento
del muchacho; hubiera querido abarcar todo el poderío de la tercera tentación;
pero no podía gozar en ninguno de los escenarios que se fingía, porque,
enseguida, frases de sus novelas o de sus textos o recuerdos del cine y del
teatro, traían otra escena y otros personajes y otro interés. Un desfile de
lanzas romanas se interrumpía con la figura brillante de un rajá sacado de
Salgari, rodeado de bayaderas y sonriente de lujuria y crueldad bajo el
turbante de seda. Egipto (Menes, fundador de Menfis y natural de Tanis y los
reyes del... decía el texto de Historia), las pirámides, las sacerdotisas de
Isis y, de pronto, el ejemplo de sintaxis latina, le traía una decoración de
togas y triclinios: “Si tu et Tula valetis ego et Cicero valemus”. El grabado
del Discóbolo, o el del busto de Platón o el del torso potente de la Venus de
Milo, eran Grecia y la Roma de los patricios se formaba con la figurare
Petronio en “Quo Vadis” y la palabra vomitorium. La Historia Antigua la
explicaba el Padre Fernández en el salón, del Primer Año de Bachillerato: una
sala luminosa y clara, donde sonaba, entre ecos lejanos de la calle, la voz del
profesor al describir la revuelta de Espartaco o el brillo del Imperio
Visigodo. (“Folgaba el rey Rodrigo con la fermosa Cava en la ribera del Tajo
ski testigo”). En aquel tiempo el apellido Folgar era una grosería... Los
árabes triunfaron y fue otro poder y otro reino con las mezquitas españolas y
tiendas de seda en el desierto como en la película “El Hijo del Sheik”. Y vino
el Cid, pero antes, Carlos Martel derrotó a los moros en los Campos
Cataláunicos. Las Horcas Caudinas, los Campos Cataláunicos. Carlos Martel.
Cario
Magno. “Quand r armée de Charle-Magne revient
d’Espagne, l’arriére-garde, comandée par le comte Rol and, fue aítaquée par
les Basques dans lagorge profonde de Roncevaux..“Así era la leyenda de
Durandal en el texto de Francés. Carlo-Magno. Carlos Quinto. Carlos Tercero.
Femando Séptimo. Los Incas y los Aztecas. Guaicaipuro y los Capitanes Generales
de Venezuela. Emparan dijo: “Yo tampoco quiero mando”, y luego fue Miranda y
Bolívar: “Si la naturaleza se opone...”. ;
Con pose de rey fastidiado, volvió a escuchar el sermón del padre Echevarrieta;
pedante, sonriente, despreciativo, oía la voz del sacerdote, que preparaba ya
su final moralizados
—Pronto, muchos de vosotros saldréis del Colegio, entraréis a la
Universidad, comenzaréis el estudio de la carrera que preferís. ¿Os
olvidaréis, hijos míos de mi alma, de todas las viejas enseñanzas que habéis
recibido, permitidme decirlo, del pecho de vuestras madres, que luego os han
enseñado en el recinto familiar, que, por fin, os han clavado día tras día en
este Colegio?... ¿Olvidaréis por vuestras geometrías y cálculos o por vuestros
códigos y jurisdicidades o por vuestros estudios anatómicos o fisiológicos
estas enseñanzas puras, estas santas devociones a la Virgen María y al Sagrado
Corazón?... Por lo que os diga tal o cual profesor, o por seguir el fuego de
vuestras pasiones, ¿olvidaréis los votos hechos aquí, en esta misma Capilla,
ante esta misma imagen de la dulce Madre de Dios?... ¿Podrán borrarse de
vuestro corazón reglas metidas tan adentro, enseñadas con tanto amor?... No; no
es posible, me digo a mí mismo una y otra vez. No, no es posible que estos
pequeños ángeles a quienes tantas veces he visto rezando, que ¡ tantas veces
hospedaron en su alma el Cuerpo de Nuestro Se- J ñor; no es posible, repito,
que mis inocentes chiquillos, toda |
pureza
en medio de sus juegos y de sus estudios y de sus oraciones, vayan a ser luego
hombres corrompidos e incrédulos, encenagados en el vicio, sin voluntad y sin
entendimiento, llevados por el huracán de las falsas teorías y de las pasiones
malsanas. No, no es posible, hijos míos de mi alma y de mi corazón. ..
En los últimos bancos, Julio Folgar -patiquín
de 15 años- sonrió; entre dientes, romántico y displicente, con ademanes de
condescendencia, rezongó: “y la carne que tienta con sus frescos racimos y no
saber adónde vamos, ni de dónde venimos”. Con un pequeño rodillazo llamó la
atención del compañero que estaba a su derecha; sin volver la cabeza, tapando
la boca con su larga mano que adornaba el brillo de una sortija, fingiendo un
bostezo elegante, propuso:
-Esta tarde dan una película de Greta Garbo. Te
invito.
El otro, también silencioso, le indicó que
mirara hacia atrás y, al hacerlo, Julio encontró la silueta esquelética y negra
del padre Fernández, que lo miraba con el brillo de los ojos rabiosos. Julio
fingió atender de nuevo a las palabras que brotaban de la mole —redonda,
vulgar— que era la cabezota del Director Espiritual entre los encajes del alba.
-Recordad, pues, hijos míos, que hay que
aparejar el camino del Señor, haciendo de nuestras almas fortalezas difíciles
contra el demonio. Jesús nos dio el ejemplo con sus días de ayuno y penitencia
en el desierto. Sigamos la divina insinuación. Ayudémonos con la comunión, con
las oraciones; confiemos en la Virgen María y en el Sagrado Corazón de Jesús.
De rodillas, el padre Echevarrieta continuó:
-Recemos una avemaria. Prometed hoy que la
rezaréis
siempre, cada día. Pedidle a la dulce María que sea
vuestra abogada en la vida y en la muerte. Amén. Dios te salve, María; llena
eres de gracia...
La voz del padre Echevarrieta se
desmayaba en la mística
sombra de la Capilla, entre el olor del incienso y
de la cera, como
las azucenas lánguidas sobre la blancura del altar. Luego, el coro adolescente
respondió vivo, altanero, tembloroso de fuerza y ansiedad, lleno de esa
huracanada vehemencia que el padrecito gordo temía y presentía.
Desde hace algún
tiempo, a Julio le gusta tenderse en la tierra de su corral caraqueño a la
hora del atardecer, y mirando hacia arriba, ver las ramas de los árboles
manchadas de crepúsculo, hundidas en el ciclo brillante, pintadas con el
último rojo del sol, mientras viene a anidar en ellas el vuelo chillón de algún
pájaro arisco.
Desde hace algún
tiempo, cuando la mañana anega en claridad el jardincillo que su madre cuida,
le gusta a Julio meterse entre el mundo vegetal y mirar con detenimiento de
conocedor la delicada entraña de lirios y margaritas, de azucenas y rosas.
Desde hace algún
tiempo, Julio tiembla al desnudar las flores, al rozar la fecunda redondez de
los pistilos y la quebradiza gracia de los estambres, lo mismo que al observar
el nacimiento de un gusano o las embestidas eróticas del gallo o el vuelo nervioso
de las mariposas.
Desde hace algún tiempo sueña con ser
cadete y tener una
novia que lo espere cariñosa en la ventana pobre de una casucha
arrabalera; o marino que llegue a los puertos con todas las
hambres rabiando en el cuerpo, y que, al día siguiente, apoyado en la borda
mohosa, se despida de una mujer, de una noche y de una borrachera; o elegante
donjuán con mucha plata y muchas aventuras, que abandona muchachas y desprecia
sonrisas en los salones brillantes y tibios; o jefe victorioso de un batallón
de indios y negros criollos que griten: ¡Viva Julio Folgar!, mientras él corre
a caballo las calles caraqueñas y mira en las ventanas a las mujeres de ojos
admirados, labios encendidos y blanco pecho. Sueña con ser otros mil personajes
impetuosos y se acaricia un imaginario bigote si ha visto en el Cine a John
Gilbert o hace lánguida la mirada si fue Rodolfo Valentino el héroe del film.
Una noble tristeza acompaña sus sueños.
sí***
Esta tarde, está acostado en la húmeda tierra oscura del corral.
El padre Fernández lo castigó por haber hablado en la Capilla, y , al llegar a
su pasa, luego de pedir la bendición de su madre, ha seguido hacia el corral y
se ha tendido en el suelo mirando las altas ramas hundidas en el pálido cielo
del atardecer.
-¿Porqué tan altas-tan aaaaaltas- las ramas del
eucaliptus?
Julio está cansado; siente el cuerpo friolento, rígido; todo él
está lleno de una perezosa y soñolienta melancolía; tendido sobre la oscura
tierra fresca y olorosa, podría estarse hasta siempre, mirando el sol bebido en
las ramas del eucaliptus, mirando el cielo apenas azul, mirando los árboles que
se duermen, silenciosos y severos entre el correteo de la brisa, bajo la tarde
desmayada.
Entre las ramas se desvanece el último azul,
sobre la tierra fresca, olorosa a zumos y a savia, caen ya las sombras que
anuncian la noche y rondan el lento desarrollo de los pensamientos de Julio
Folgar.
Un compañero de colegio, hijo de un capitán de
barco, dice que de los árboles muy altos se hacen los mástiles de las goletas;
así, esos árboles están destinados a luchar siempre contra el viento: cuando
están vivos, chupando savias y soles, sostienen el peso de las ramas, se
balancean serenamente entre la brisa; luego, cuando los cortan, sostienen los
grandes pañuelos blancos de las velas, donde se acuna el bravo viento del mar
y, si se anuncia una oscura tormenta, los marineros suben por las jarcias, les
arrancan las velas, los dejan desnudos bajo la lluvia, bajo el pesado empujón
de las furias... Es una vida brava la de los marineros. A Julio, le gustaría
ser oficial de un gran trasatlántico de los que viajan por Indochina y el
Japón, pasear severamente, con la pipa apretada entre los dientes, caminando la
cubierta pulida y brillante; encontrar entre los pasajeros una extraña mujer
que fuera espía, como la Mata-Hari y tuviera en los labios un narcótico para
dormir con sus besos a los enemigos que guardan secretos. En Singapur, en
Shanghai, ima mujer de ojos verdes y pelo brillante... Así debía ser Salomé:
ojos verdes, negro pelo que caía en caracolas hasta los redondos hombros,
tapando los pechos dos escudos de plata, escondiendo y acariciando las piernas
la falda de mil cintas de color y, anhelante ante la yerta cabeza del Bautista,
una sonrisa, porque pincha con un estilete la lengua del hombre que había dicho
de Herodes que era adúltero con la mujer de su hermano...
Resultaba mi cuadro de bello colorido: el
platón redondo de brillo llameante -como una luna malvada-, sosteniendo la
cabeza del profeta y la loca princesa asesina pinchando la odiada lengua...
una falda de cintas, dos escudos de plata sobre los senos... Alguien le ha
dicho a Julio que Salomé estaba enamorada del Bautista y es hermoso pensarlo
así: la princesa, apasionada por su enemigo, viciosa del amor hasta más allá de
la muerte. A Julio le gustan los cuentos brillantes y sangrientos, con fondo
oscuro de pasión y, sin duda, el cuento de Juan el Bautista cumple con todos los
requisitos: defensor de los débiles, enemigo de Príncipes y, más allá de la
muerte, entregado a los brazos de Salomé, la asesina que baila
interminablemente... Juan el Bautista y Jesús son polos opuestos en la
ceremonia cándida que contó esta tarde el padre Echevarrieta: fuerza y dulzura,
reciedumbre de hombre y tranquilidad infinita* de DioS. Alguien puede soñar
destino semejante al del Bautista, en cambió Cristo está separado de las
ambiciones humanas por la cortina de la divinidad...
Si Juan Bautista hubiera sido el tentado del
desierto, hubiera aceptado tal vez; seguramente, hubiera corrido el albur
satánico de las tentaciones. La tentación, del hambre, la tentación de la
vanidad, la tentación del poder... Juan hubiera jugado al azar el resultado magnífico
de los ofrecimientos del Demonio... la. lástima es, que no todo el mundo es
tentado de modo tan hermoso y la mayor cantidad de los hombres tienen que
buscar afanosamente su propia tentación.
Y, de pronto, Julio brincó: estaba lleno de
miedo, como cuando veía películas de crímenes y luego no podía dormir, porque
la cara del asesino-recordada en perfiles de maldad, en sombra de delito, en
brillo de odios- le obligaba a tener abiertos los ojos piltre la espesa negrura
de su cuarto. Ahora no había rostro de asesino, ni maullido de gato, ni
misteriosas
pisadas: bastaba con ese pensamiento que estaba
dentro de él y que era como si alguien hubiera chillado un grito obsceno en la
capilla del colegio o se hubiera atrevido a tocar la hostia con sus manos.
Recordando eb sermón del padre Echevarrieta había pensado eso que nunca ha
debido pensar.
Tanto miedo le brincó dentro, que sintió el
golpe de su sangre, recio en el silencio del atardecer; tanto miedo le invadió
que salió corriendo hasta su cuarto y se echó en la cama apretándose contra
las almohadas: ¡había pensado en eso! ¡había pensado en eso!...
Dentro de su cuerpo, la sangre -o el alma- golpeaba con aleteo de
mariposa entre la oscura sombra de su angustia.
♦♦♦
Cuando se dio cuenta de que estaba casi tranquilo, cuando
comprendió que su sangre volvía a correr con el pulso habitual y que sus
pensamientos regresaban al apacible ritmo de siempre, se levantó de la cama,
encendió la luz y fue hasta el espejo del lavabo. Tuvo que sonreír, satisfecho
de su serenidad, cuando vio su cara como luía pálida máscara de pierrot
adolescente, plácido, sentimental. Entonces sonrió más: ya podía pensar de
nuevo en lo que había'pensado en el corral. Buscaría la ayuda del demonio,
sería un héroe de la sensualidad y haría de su vida un brillante amontonamiento
de placeres; esa estampa del espejo -romántica, bobalicona, pedante- se
convertiría pronto en la figura de un gran vividor despreciativo que tiene
canas antes de ser viejo.
Si el padre Echevarrieta dice que la copa del placer tiene dulces
los bordes, pero es amarga en el fondo, Julio piensa que
esa amarga
hondura la que lo atrae más, que la elegante decadencia del vicio es el mejor
premio para una vida de pasión y goce. Ante el espejo finge la mueca de los
hastiados, el cansado bostezo de los que han jugado mucho con el amor. Por un
momento busca el ejemplo que debe imitar ante la ingenua cinematografía que es
para su alma el espejo clel lavabo: ¿Será Lord Byron? ¿Será Brummcll? ¿Será don
Juan?... Y, por fin, se decide: es uno de sus abuelos, cualquiera de aquellos
mantua- nos cmpclucados, amigos de los Capitanes Generales, cortesanos
aduladores, caraqueños ricos, amantes de la holganza y de las canonjías
coloniales. Como siempre, Julio sueña: él es don Julio Folgar, y está mojando
bizcochuelos hechos por las monjas del convento cercano en el tazón repleto de
chocolate espeso; al mismo tiempo, piensa apacible que la señora su vecina va
a esperarlo esta noche, porque ella es mujer de pasional temperamento y está
ausente el marido en las tierras de Aragua, y...
En esc momento, comprendió al mundo como un
grandioso y oscuro movimiento diabólico, como un misterioso y anhelante jadeo
demoníaco; frases, chistes, recuerdos, todo lo que su mente le presentaba como
atrayente y expresivo, le pareció iluminado por una terrible luz satánica.
Manchadas de luna, se abren las flores para que
el grano de polen que danza en el viento entre a fecundar el escondido seno
redondo y, entonces, se despereza el matorral, botando en la brisa un arisco
perfume; en la negra hondura del mar o en los pozos verdes de los ríos que
duermen sus remansos bajo la gigante sombra de las selvas; entre los árboles
húmedos o junto al fango fofo de los bosques, corre el calofrío sagrado que
madura todas las simientes, lo mismo que se extienden en la tibia atmósfera de
su alcoba los alocados pensamientos. Partc-
nogéncsis,
fanerógamas, protoplasma... todas estas palabras, que en los libros le
parecieron frías y complicadas, las pronunció ante el espejo del lavabo como el
“Introibo ad altare Dei" de una misa que el muchacho adivinaba con temor.
La mística de ese ceremonial apasionante era una vaga mitología formada por
imágenes imprecisas en la que se insinuaba la reproducción de los musgos y de
las algas, la creación de los racimos y de los gajos o el maullido lastimero de
los gatos en los tejados cercanos. Las figuras de las estatuas griegas en los
textos de Historia, el recuerdo de las bailarinas de las operetas -pulidas por
la luz lechosa de los reflectores^, los versos obscenos del padre Borges, se
unían en el febril entusiasmo del adolescente con un empuje de pleamares
exaltadas por un potente ímpetu. Recordó una pareja que viera la otra noche,
cuando paseaba en automóvil: un hombre y una mujer que formaban amoroso montón
en un recodo oscuro de la carretera de El Valle; se le vino a la mente la frase
de su chofer: “¡Ah, gente pa* gozá”, y comprendió, definitivamente, que sólo
Satanás poseía los tesoros hacia los cuales se alzaban sus deseos como una gran
llama de pasión. Los curas podían decir lo que quisieran, pero...
Ante el espejo, sonriente y pedante, se alisó
los cabellos, se apretó el nudo de la corbata. Tras la puerta, la vieja
Marcelina lo llamaba a comer.
***
Durante
la comida apenas habló. Desarrollaba ante sus padres una pose enigmática y
displicente, mientras gozaba pen-
sando que las preguntas de su madre (las de
siempre: que por qué lo habían castigado, que si había estudiado las lecciones)
y las miradas del padre, irónicamente severas, eran señal de que ellos notaban
el terrible cambio que había sufrido la vida del hijo. Le daba alegría suponer
que la madre se preocupaba por descubrir la causa de que Su muchacho
queridísimo sonriera sin motivo y contestara a sus angustiadas interrogaciones
con monosílabos secos; pero su goce llegó al máximum cuando el padre se le encaró:
—¿Qué significan esos modos de responder a tu
mamá, Julio?
El no dijo nada; pero, dentro, le vivió una
plena felicidad; estaba obrando de una manera extraña y el padre se había dado
cuenta. Entonces conversó, dijo tonterías, habló de los cucuruchos que hacía
el padre Echevarrieta antes de comenzar sus sermones. Don Vicente rió; doña
Isabel sonrió aparentando disgusto:
. —No debes burlarte de tus profesores. El padre Echevarrieta es
un sacerdote muy meritorio y habla muy bien.
***
Apenas terminó de comer se acostó. Quería estar
totalmente solo para pensar serenamente lo que iba a hacer para lograr tener en
sí aunque fuera una pequeña parte de la gran fuerza que brotaba de la entraña
de los seres y corría la carne de la tierra como una sagrada onda oscura.
Haría una petición a Satanás, una súplica recia que llegara a
parecer digna del gran ángel caído, enemigo de Dios; algo semejante a lo de
Fausto, pero de otro modo. Y pensó, con toda su voluntad, en esa súplica
terrible que tenía que hacer.
tnrMiir'i "*n7' ' r”*
Los cuentos de brujerías que había leído, que
había escuchado (sacrificios de animales al toque de media noche bajo
la Urna en creciente,
ofrendas de aceites verdes hechos con las yerbas olorosas) le
parecían tontos, ingenuos, infantiles, desprovistos de la importancia
espiritual que él había aprendido en sus catecismos y apologéticas.
“Eso” debía ser algo suyo, algo en que su alma
interviniera realmente, y que, dentro de una aparente normalidad, encerrara su
significado de elevado valor religioso y demoníaco...
¡Si fuera al corral ahora y, bajo la luna, con
lentas palabras, dijera lo que deseaba!... Lo desechó al pensarlo: no era capaz
de hacerlo. Se caería de miedo antes de que sonara su primera palabra. No era
capaz de hacerlo. En ese momento el corral empapado de luna tendría aspecto de
cosa imaginada; bajo los rosales, entre los gruesos árboles del fondo,
parecerían las sombras monstruosas pensamientos abandonados... Y, buscando
otra razón a más del miedo, murmuró:
-Las palabras se dicen y se olvidan...
Si escribiera... Una carta, o mejor, un
contrato... Lo enterraría bajo el oscuro barro del corral; allá, en la entraña
húmeda se pudriría el papel y, quizá alimentada con la sustancia misma del
convenio brotaría una extraña flor de olor extraño, de olor caliente y
poderoso...
Al poco tiempo le disgustó el nuevo proyecto:
el contrato debía ser hecho en una cosa de la naturaleza: si fuera posible
escribirlo en el agua, en el viento, como un sueño de poeta...
Y se dio cuenta de que sus ideas tomaban nimbo disparatado y se apartaban de la justeza y petulancia
que él deseaba.
Podría
grabarlo en el barro, a la sombra del eucaliptos que nació para mástil de
balandra... Y negó también: debía ser algo
62
perenne, por lo menos durable y, marcadas en el polvo
desaparecerían pronto las letras porque, a la primera lluvia, se unirían de
nuevo los húmedos terrones que separó la mano y, al primer día de sol, el
viento borraría también los signos marcados. Debía ser algo perenne, por lo
menos durable.
Hasta que,_por fin, le brotó clara la idea que
había de gustarle definitivamente: escribiría el contrato en la corteza del
torcido guayabo, del guayabo leproso encorvado que rozaba con las ramas la
pared del corral.
Entre las sábanas sintió que lo llenaba una gozosa emoción, muy
distinta a la que, por la tarde, lo había hecho temblar.
***
Se quitó el piyama y quedó desnudo bajo las
sábanas por ver si era el calor lo que no lo dejaba dormir, pero no logró nada
y, entonces, se dedicó a seguir los ruidos de la casa.
Las gotas de agua en el tinajero sonaban
dulces, con pequeña armonía cariñosa y familiar. A Julio le parecía ese delicado
y hondo sonido algo unido íntimamente a su madre, quizá porque ella había
defendido siempre el viejo tinajero de vemegal verdoso, barbudo de heléchos.
Una vez el padre había querido traer un filtro moderno y ella se había opuesto,
por cariño al tinajero fresco y musical.
Siempre ha habido, en todos los pequeños
problemas caseros, esa lucha entre don Vicente y doña Isabel; entre el padre
amante del sencillo confort y la madre, que gusta de adornos y de flores, de
fmtas y de perfumes, de las blandas complicaciones y de la holganza bonachona.
Siempre se adivina en la madre, bajo la apariencia bondadosa, un centro recio
y
rebelde que la mantiene rectamente plantada sobre la
tierra; siempre se presiente en el padre una abonada sensiblería, a pesar del
severo exterior y de la solemne figura de comerciante rico.
En el silencio de la casa, los ronquidos de don
Vicente, suaves y silbantes, no dejaban dudas respecto al carácter apacible
del roncador... ¿Qué marca le irían a dejar -pensó Julio- la dulzura del padre
y su recia expresión? ¿Qué señal le dejaría la dureza materna envuelta en
gustos frívolos, en apasionado placer por perfumes y frutas y flores y
cortinajes?... Por ambos lados se fundían en Julio viejas familias de historia
conocida, de abolengo claro, cuyo árbol geneálógico enseñaba nombres unidos a
una vida fácil y cortesana... A través de los tiempos, siempre mantuanos
hacendados, comerciantes, políticos... y, entre ellos-como un extraño chispazo
rebelde- aquel general Juan Pablo Folgar que abandonó fortuna y haciendas para
guerrear durante veinte años de revoluciones venezolanas. Después de él, la
familia Folgar se encoge, se populariza, busca enlaces democráticos y
morenos... En el padre de Julio nuevamente adinerada tribu, elige en los
salonesJa mujer fina, frívola, perfumada...
Julio recuerda el retrato de su madre que
guarda en el escaparate. A pesar de la suavidad con que sale del corpiño su
busto redondo, a pesar de la redonda cabecita de bucles compuestos, a pesar de
la tierna curva de los brazos caídos sobre la flor de seda negra de la falda y
de la delicadeza con que sujetan los largos dedos el pañuelito de encaje, la
mirada de la “niña” Isabel Goicoechea es valiente y decidida. Si por alguien
siente cariño Julio es por esa del retrato, que es y no es su madre: por esa
Isabel Goicoechea, que dedica la fotografía a su único amor, Vicente Folgar.
/ Ahora, ¡qué distinta está la madre!... Julio la quiere,
pero no con la ternura que le produce el viejo retrato romántico donde se
desdibuja en tonos sepias, la dulce gracia de mía muchacha que sostiene en los
dedos un pequeño pañuelo de encajes. Ahora, bajo la gorda suavidad de la línea
otoñal, hay en ella un tono desafiador, un altanero sentimiento.
Julio se revuelve en la cama. Si algo lo va a
hacer dormir no es eso de recordar las cosas tontas de la familia. No le falta
sino pensar también en las sirvientas: la vieja Marcelina la que le contaba
cuando pequeño los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo, la que contaba con su
voz lenta y oscura aquello de “onza, tigre y león”; podría pensar también en
Mariana la lavandera. Pero mejor es no pensar en nada y ponerse a decir números
para que el sueño venga.
En el patio, se mueven las palmas de hojas
ásperas; hasta Julio llega el sonido del roce de las hojas. Más lejos, allá, en
lo hondo de la noche, apenas se oye el cometazo de un automóvil. Alguien corre
a estas horas -pasada ya media noche- por las calles caraqueñas. Seguro un
hombre besa a una mujer pintada, metido en su borrachera al abrigo del auto.
Julio se revuelve en la cama. Es difícil dormir
con tanta idea tonta en la cabeza. Obligarse a pensar en el contrato sería peor
aún.
¡Si pudiera no pensar!... Pero es imposible;
los pensamientos son independientes allí, en su cueva del cuerpo; comienzan
sin que uno se dé cuenta y, de pronto, ya existe eso que liemos pensado...
¿Quién ha dicho que son nuestros?... ¿acaso quiere Julio Folgar Goicoechea
pensar todo esto sin interés que está pensando?
Ideas, sensaciones, emociones, actos reflejos,
conciencia, inconsciente, subconsciente: cosas vagas... Ver, oír, oler,
gustar, y tocar; memoria, entendimiento y
voluntad. Los cinco sentidos, las tres potencias del alma. ¿Se ve con el cuerpo
o con el alma? ¿Se desea algo con el cueipo o con el alma?... ¿Ese sonido de
las gotas de agua en el vemegal del tinajero lo está sintiendo él, o es
imaginación solamente? ¿Qué se muere en el sueño? ¿Qué sigue viviendo?...
Julio está adormilándose; la idea del contrato
se le clava, brillante como una flecha de oro, en su somnolencia. Y este es su
sueño, que lo mueve interiormente a pesar de que ya duerme. En la bruma del
alma se dibujan los contornos de plata de estos fantasmas vivientes y pesados.
Espirales blancas se enredan sobre el cuerpo y
el susto de la vida está en los ojos de “Ella”; en su brazo caliente está la
vida; en la sed de su vientre una locura tiembla; en sus labios sangrientos hay
un pájaro muerto; y en su lengua hay dulzura: miel y leche, que es la sangre
del beso; en lo interior, rozando el sueño, hay íntimas espinas desgarradoras y
es dulce el beso de Vida y Muerte; un licor de uvas muere; en lo hundido romántico
del alma se exprimen cándidos racimos y hay miel y leche, como en el canto de
Salomón. Aletea la sangre en el beso...
Un relámpago azulado lo levantó del sueño. Su
primer pensamiento, fue el verso de Rubén: y la carne que tienta con sus
frescos racimos...
En seguida, como si algo lo guiara, se sentó en
la cama. Algún ruido extraño había oído. Se vistió el piyama nuevamente y salió
hasta la puerta. Miró, siguió caminando hasta el comedor. En el último cuarto,
donde se guardan los vinos y las comidas, había luz; cuando iba a seguir hasta
allá, salía su madre. Arreglándose el pelo, sujetando con sus manos
delgadas el kimono de seda, ella le habló con su voz cálida, que
los años hicieron un poco temblorosa:
-¿Qué buscas, Julio?
-Nada. Que vi la luz en el cuarto de guardar.
-Ya ves. Era yo. Vamos a dormir.
—Es que no tengo sueño.
-No, hombre. Ahora nos acostamos los dos.
Le pasó el brazo por la cintura y lo retiró en
seguida:
—Ya eres un hombrazo. Estás fuerte. Vas a tener
que ponerte los pantalones largos ahorita. ¿Te parece bueno el día de tu santo?
-Por supuesto, mamá.
—Bueno. Anda a acostarte. Anda. Te voy a
arropar como cuando estabas chiquito.
Así fue. Las manos de la madre, apenas
rozándolo, con una delicada pureza, le componían la sábana cómodamente.
—La bendición, mamá.
—Dios te bendiga, hijo. Y a mí también, que lo
necesito más..,
—¡No juegue, mamá!
Ella sonrió triste y se fue, dejando su olor dulce en el cuarto.
Julio se durmió pronto y una imagen viva de su sueño anterior volvió a
llenarlo: eran unos labios enormes que se acercaban siempre y sangraban una
extraña sangre espiritual, inexistente, literaria.
***
Al llegar del colegio,’la mañana siguiente, Julio gritó “la
bendición’’ a su madre y Siguió corriendo rápido hasta el co-
rral, mientras sacaba del bolsillo la navaja
brillante que compró. Sentía en la carne los pinchazos de su emoción cuando
comenzó a arrancar las primeras cortezas del guayabo, las que se caen
fácilmente. Al fin quedó desnudo un retazo grande de la retorcida madera
interior y 61 fue escribiendo, con las letras del alfabeto griego, su contrato.
Trabajosamente arrancando despacio los trocitos húmedos del árbol, el brillo
de su navaja esculpió la palabra QUIERO, y se detuvo. Había que darle una
forma solemne, seria, que trajera consigo un pensamiento de perennidad.
Nuevamente, comenzó: “Señor de la Mentira, mi señor Satanás, quiero...**
Pedía, que no se le negaran sus deseos, que sus
movimientos eróticos encontraran en los seres deseados la tendencia correspondiente,
el deseo complementario. Despacio, tembloroso, fue grabando en el tronco
leproso del guayabo su contrato satánico. En el trabajo su navaja brillaba
como si fuera hecha de llama.
Por fin terminó. Frío y sudado se echó como
otros días en la tierra floja y oscura del corral. Estaba dentro de sus sueños
aunque tuviera abiertos los ojos, aunque estuviera viendo la pared
enladrillada. Alrededor suyo y dentro de sí, lo apretaban brutales deseos,
terribles y brutales deseos que tenían por objeto el mundo, todo lo cambiante
y dulce, todo lo suave y sabroso, todo lo fervoroso y voluble, todo lo fresco
y sensual: la ebullición vital, la fuerza de la rosa y el torrente, de las pleamares
y de las lunas llenas, de los mediodías luminosos y calientes y de las frías
noches enlunadas de viento largo que abrasa con su frío, del movimiento
misterioso del mar hondo, del abultamiento de la semilla bajo la húmeda tierra
olorosa, de la rama que revienta en retoños.
Adoró la fuerza solemne y variable de la Vida, grandiosa I como un
bello destino humano. Como si fuera poseedor de una nueva Lámpara Maravillosa
de Aladino, se sintió amo de una extraordinaria potencia que le cubría de
belleza las cosas habituales y adoró en sí mismo, bajo el templo de su corral,
ese enorme afán. Con otro nombre, adoró al viejo Dios Falo y a Satanás.
***
De pronto, la voz de la negra Mariana, la lavandera, lo
despertó de su enervamiento. Ahí estaba la negra, desnuda, porque el viento le
pegaba el vestido contra su cuerpo moreno y perfecto. Julio la miraba.
—Su mamá le manda a decir que si no va a bañarse hoy ; que es
tarde.
Julio la miraba:
—Dilea mamá...
Violentamente, la apretó por la cintura huidiza.
-Niño
Julio, que nos van a ver. ¡Ah, niño Julio!... ¿Como que quiere dejar de
ser niñito?
***
Cuando llegó al Colegio, preguntó por el padre
Echevarrieta y, ante él, habló compungido:
-Padre.
Tengo que confesarme. He cometido un pecado muy
grande...
Caracas: 1934.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)