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domingo, 18 de febrero de 2018

La caza por Manolo Cuadra. Completo

La caza por  Manolo Cuadra

A Luis Arce,***************************************************************************** que por su cojera no pudo acompañarme en mi vida peligrosa. M.C.

    EL hombre de los ojos azules lo vio desde las nubes. Aunque la neblina era espesa y aumentaba parcialmente, apelotonándose abajo, sus pequeñas ojos rapaces iban perforando los vapores, ansiosos con la vecindad de la presa. Destacábase diáfanamente, a la breve presencia del sol segoviano, el avión invasor del tipo corsario, plenas de resplandor las niqueladas alas. Describía largos círculos, ora remontándose imprevistamente, ora abandonándose a la ley de gravedad, como buscando el instante en que su presa dejara atrás los últimos arbustos tras de los que se ocultaba. Entonces haría ladrar sus ametralladoras… y one greasser less. Pero antes que el hombre de los ojos azules lo pillara desde las nubes, el hombre de los cabellos lacios había localizado también a su enemigo. Conocía, por aquel bugido, la pronta, acaso demasiado pronta aparición de un cobarde pajarraco yanqui. El terreno desarrollábase en una llanura inmutable, en la que apenas una mancha de arbustos que escasamente cubría una milla, accidentaba el futuro teatro de la caza. Aquel peligro, aquella concurrencia de circunstancias desfavorables no alteró el ceño del hombre que portaba un mal rifle; antes por el contrario, pareció que su sonrisa astuta de aborigen iluminaba el radio de su personalidad, aclarando la mañana. Él era el hombre de enlace entre el Cuartel General rebelde y la Sexta Columna Expedicionaria que operaba hacia el sur, allí donde los ríos arrastran oro y en las llanuras chontaleñas pastan los tranquilos rebaños. Portaba instrucciones del mando y por eso estaba temiendo una novedad en este tercer día de su jornada cuando precisamente le faltaba otro tanto para alcanzar su destino. Sí. Su destino. El destino de su causa, amenazante una veces, amenazada las mas en cuatro años de porfiada, de sobrehumana, de heroica resistencia. Tomó alientos detrás del último árbol que le ofrecía la suerte. Delante, huía hasta el horizonte la superficie pelada Narraciones / Manolo Cuadra 111 del llano. Vaciló un segundo –la fracción infinitamente reducida de un segundo–, porque el pájaro venía ya sobre él, envolviéndolo en el ronco fragor de su hélices. Ilusión o no, sintióse empujado hacia atrás, hacia adelante, entre la tormenta de aire batido por las aspas. La ametralladora le envió un multiplicado saludo de balas, a cuyos golpes las ramas del arbusto que lo protegía se deshojaron como bajo la agresión del granizo. Otros impactos se incrustaban al vástago. Una nueva garua de uvas mortíferas, mejor dirigidas que la anterior, cayó entre sus pies salpicándolo de plomo. Como parásito, se abrazó al tronco salvador. El hombre de los ojos azules precipitó su máquina en una tercera tentativa asesina. El tren de aterrizaje casi llegó a rozar la magra copa del árbol; pero entonces el hombre del destino inseguro saltó y echó a correr… hacia el horizonte. Proyectábase aquella mañana, bien que con diferentes protagonistas, la eterna escena del ratón y del gato. Durante tres veces, en el curso de la emocionante caza, el hombre del destino amenazado logro burlar la mirada del hombre de los ojos azules, protegido por el acolchonamiento de la niebla. Sin embargo, esta tregua tenía un sentido de ironía porque, o los vapores se arralaban, o era el mismo fugitivo quien se obligaba a evacuarlos en su consigna de correr para vivir. En dos ocasiones ensayó su viejo rifle fusilando al azar al mastín del aire, que amagaba sobre su cabeza desplazado vertiginosamente. Solo cuando el hombre de arriba se percató de que para terminar con éxito era preciso despilfarrar menos municiones, el hombre de abajo mudó también de táctica. Así fue que dejó de correr aplicando a su ruta un paso casi natural, deteniéndose bruscamente para tomar descanso cuando el pájaro incapaz de pararse en seco como lo haría una bestia, lo adelantaba en centenares de yardas. El hombre de los ojos azules sabía tener paciencia. La resistencia física está fijada dentro de límites admirables, pero inviolables; sometido a la camisa de fuerza del cansancio. Pero aquel maratón tardaba más de lo previsto. Comprendía, al cabo, que el combustible del tanque sufría merma en aquella persecución endiablada y tenaz. Cuatro horas de espiar sobre el cielo brumoso, metiéndose entre las nubes, poniéndose en vertical sobre los ríos de arenosas riberas y, al final, aquel diablo de hombre que no se dejaba pillar, le La caza 112 tenían confundido. El deseo rabioso de terminar, de humillar con la muerte a aquel fugitivo que lo burlaba, descomponía su cerebro. A punto estuvo de descender sobre el llano y disputarse el paso a plomo limpio con el hombre de la piel cetrina. Estaba dispuesto. En otra ocasión había practicado un forzoso aterrizaje casi en las propias calles de Quilalí en medio de las balas sandinistas que procuraban cazarlo y solo se había salvado por la acción decidida de los marinos que vigilaban el caserío desde la fortaleza. Por el contrario, ahora resultaría cosa fácil. El llano de Jalapa, verde y muelle, lo invitaba como un lecho. Para dominar el conjunto del panorama levantó su máquina a regular altura. ––¡Hurra, hurra! A primera vista creíase víctima de una finta óptica. Allá lejos, pero bastante lejos, una manchita negra, talvez un ave engañosa, remontaba la bruma, acercándose. Sus ojos entonces se posaron jubilosamente en su reloj pulsera. Solo podría ser Gadner, ¡en su corsario perseguidor! ¡Cheer up! El sargento Gadner era, en efecto. Lo identificó por el número, un refulgente 83 dibujado sobre las alas, cuando el recién llegado voló sobre su avión y después cuando el telégrafo de bandera le indicó que llegaba a relevarlo en su misión de vigilancia. Probablemente, el sargento Gadner del Cuerpo de Aviones, no había caído en la cuenta del porqué de las extrañas cabriolas de su compañero de armas. Esto preocupaba la atención del hombre que ocupaba el asiento de mando dentro del mastín del aire. Así fue que, para darle un guía, tuvo que picar nuevamente contra la pequeña silueta que se alejaba. Su aparato quedó aún a la expectativa esperando el resultado de la señal, parecía un delfín indolente entre el grosor de las nubes, en las que se hundía como en una mar gris. ¡All right! Gadner ya levantaba su aparato, caracoleando. ¡Bravo! Ahora picaba como un aerolito. No había ninguna duda. El mastín del aire quedaba sobre la huella… Cuando el hombre que había tenido que correr para vivir notó la presencia de un nuevo enemigo, resumió su situación así: Uno, más uno: dos. Luego –en aquellos momentos el primer avión se perdía en la lejanía–, rectificó su posición en una simple fórmula de sustracción: Dos, menos uno, uno. Fue en este momento cuando interrumpió su correr, aje Narraciones / Manolo Cuadra 113 no aparentemente al hombre de los ojos azules y a su avión. Estaba recordando. La sospecha de que aquello pudo habérsele pasado por alto, le llenaba de incisiva inquietud. El sitio en que se encontraba no le era completamente desconocido. Identificábase poco a poco con la nueva naturaleza, en la que iba desapareciendo paulatinamente la grama para dar lugar a una superficie pedregosa que se insinuaba sin cambios bruscos. El punto de referencia aparecía a menos de un kilómetro. Se trataba de un gran mantón de niebla, un pedazo de niebla densa y algodonada, notablemente diferente al resto del paisaje. Algo parecido al manto de impenetrable bruma que cubre las marismas. Solo –en más de una ocasión había oído decirlo a sus camaradas– que bajo la neblina, en lugar de la superficie pareja levantaba su pétrea joroba una protuberancia formidable, resultado quizá de alguna deyección geológica prehistórica. Habíase ocultado allí Sandino, después de su Retirada del CHIPOTE. En el mapa de guerra rebelde, conocíase ese punto con el nombre de EL BRULOTE. ¡Hola! El hombre de los ojos azules estaba perplejo. No comprendía porqué el fugitivo torcía bruscamente, sin razón aparente. ¿Se quería hacer matar? ¡Ese hombre estaba loco! En el intervalo de tres minutos, dos veces el hombre de los ojos azules pasó su máquina por encima del hombre que corría; pero, aviador consumado, evitó siempre quedar de espalda a su enemigo, merced a un sencillo looping de loop. El hombre de las montañas sintió la muerte muy de cerca, en las balas que le silbaban sobre los oídos y marcaban la trayectoria del avión con las balas que se enterraban en la superficie. Alzó los puños y amenazó al enemigo. Fue entonces cuando el piloto lanzó su máquina contra el escurridizo enemigo que se atrevía a amenazarle. Una bala certeramente dirigida rompió un aparato en la cabina de mando. El resultado era claro. El hombre se le iba. Ya estaba dentro de la atmósfera pesada que rodeaba EL BRULOTE. ¡Son of beach! Hizo descender su aparato con mareante celeridad y enardecido, deseoso de venganza, entró como un torbellino detrás del otro, casi al ras del suelo, guiándose como por instinto entre la bruma. Un crujido, seguramente un grito. La visión de una mole inmensa que se arrodillaba en tierra y el eco de la catástrofe anegando el horizonte. Sencillamente, el hombre que había tenido que correr La caza 114 para matar, recuperó la promisora ruta abandonada. Atrás quedaba la bestia rota, dolorosa y trepidante, sobre cuyas heridas la niebla sobaba ya sus algodones cariñosos. Hechos como este informan seis años de la epopeya segoviana, gala de la literatura heroica. Fue una dulce mañana del mes de octubre, en las llanuras de Jalapa… (De: Contra Sandino en la montaña)

Música en la Soledad POR Manolo Cuadra (nicaraguense), Completo

Música en la soledad POR Manolo Cuadra (nicaraguense), Completo ****************************LLOVÍA nutridamente. Llovía fuego. Llovía balas. La espesura de la derecha parecía incendiarse con breves intermitencias y el insulto, arma formidable cuando se lucha cuerpo a cuerpo, llegaba hasta los guardias que sostenían, en aquel día de enero, uno de sus más difíciles eventos militares. En fila india, única manera de evitar el Rush del fuego cuando la fusilería barre a la descubierta y el enemigo se torna invisible, los primeros guardias peleaban su terreno con tenacidad. Sus predecesores en la inevitable caída, habían escrito una levantada página de valor y sangre fría, cuantas veces les tocara en suerte pasar por los aros estrechos de la emboscada. Una larga cortina de acero, desde donde se veía morir el sol hasta la orilla del abismo, pasaba y repasaba su aliento cálido de horno, mientras el triste crepúsculo segoviano caía lentamente de los ocotes, cubriendo con su párpado cárdeno la sierra estremecida. ¡Una bomba! ¡Otra! ¡Otra bomba! Las columnas de asalto sandinista iniciaron por segunda vez una sorpresa. Desde su fresco nido de parásitas, una luisita1 tamborileó alegremente sobre ellos. Algunos hombres, de rostros feroces y muy mal vestidos, se detuvieron y cayeron. ––Tres menos, anunció Chávez, al tiempo que recontaba avaramente sus municiones. ¡Firmes, guardias, aquí están otra vez! El hociquito de la Lewis asomó, cauteloso, y el sargento Chávez manubrio la consabida pieza. Obscurecía a diez grados por segundo. Obscurece rápidamente en el bosque y más cuando la muerte aletea en las pestañas. Las pestañas de Chávez y las de sus hombres estaban llenas ya de eso. Solamente que todavía quedaba alguna tela por cortar. El grueso de las patrullas al mando de los Tenientes Brenes y Matus se sostenían aún. Pero, con el último no se podía contar. El amor a las armas lo había arrancado a las casas alegres de Managua y ahora el destino acababa de gritarle ¡hasta aquí! Metiendo una bala encendida en su corazón. Brenes hacia su debut en el fuego. Poco, 1 Lewis Machine Gun. Corrupción muy divulgada en el ejército. Narraciones / Manolo Cuadra 123 como fuera su extremado valor infructuoso, podía aportar en esa oportunidad. Al efecto, su sección era la más reciamente batida. Le tocó exponerse al fuego cuando a marchas forzadas se dirigía a rellenar las brechas abiertas a la columna exploradora del sargento Chávez. Se ofreció audazmente al fuego durante algunos minutos solo para conseguir resultados harto escasos. El sendero serpeaba, cima arriba, con dos terribles amenazas laterales: A la derecha, el fuego; a la izquierda, dos pulgadas más allá de donde se arrastraban los guardias, el abismo mareador y rugiente. En el extremo delantero la luisita trabajaba todavía noblemente. A intervalos se advertía alguna ligera falla en su perorata como en la delorador que, en lo más emocionante del speech, un disparo de saliva se le enreda en la tráquea. ––Esta luisita, comentó para sí Pet Gómez, vaciando su sexta cartuchera, mejor luciría aquí, resguardando la carga. Debimos preparar algo más para garantizar esto. Nuevamente disparó. El enemigo estrechaba el nudo corredizo de su estrategia, encimando sus fuerzas centrales contra el tren de guerra. La sombra de los grandes árboles brocheaba de negro la tierra. La muerte era segura, a menos que optaran por rendirse. Pet oyó un agitado tropel a sus espaldas. Un animalazo negro, con duras extremidades pasó magullándole las nalgas. Arrastrándose hacía la derecha, hacia el enemigo, invadió la zona batida para darse cuenta de lo que pasaba. Todas las mulas que formaban parte de la división de Matus, perdidos ya sus custodias, corrían, cuestas arriba, a entregarse en manos contrarias. A su propio lado –lo notaba hasta ahora– no habían más camaradas. Esas mulas conducían abundante dotación de parque que la patrullahabía de trasladar a uno de los más remotos puestos, a tres días de Quilalí, en el corazón de la montaña. Esa munición en poder de los sandinistas significaba la apertura de una peligrosa temporada de guerrillas; el despliegue de una ofensiva más vigorosa, la vida en la manigua, persiguiendo al montañez invisible, por días, por meses, por años…Y más compañeros muertos. Recordó, en un relámpago, a Navas, el segoviano de la carota sonriente, a Pablo Ramos, degradado en Managua por violación de la 17, transferido Luego a Las Segovias y muerto en una emboscada al día siguiente; al sargento Luis Estrada, con una pierna menos. Eso no podía ser. No sería nunca. Volteó el fusil. Expuso Música en la soledad 124 sus flancos, sin preocuparse gran cosa de los tiradores de la otra línea, y luchando contra las sombras que ponían negrumo en su visión, hizo fuego. La acémila, sorprendida en su fuga, dobló las patas delanteras. Las cajas de munición la atrajeron hacia sí, y desapareció en la hornada entre una fanfarria de cajas destrozadas. Otra mula pasó con el ruido peculiar de los animales que cargan armas. Dos balazos, y luego aquella masa gris que avanzaba perezosamente por el caminillo. Pet Gómez reconoció inmediatamente, como todo guardia del norte que no quisiera pasar por recluta, al Tren. Así le decían. De manos de los rebeldes, El Tren había pasado a las del capitán Hatfield, quien la incorporó a su cuadra de mulas tejanas, en donde cobró fama como animal de gran resistencia y un sobrenombre con todo y articulo: El Tren. Pet lo conocía muy bien porque, además de ser él un veterano, lo había dejado bajo su custodia desde el día anterior, como operador que él era de la T. S. H. que conducía El Tren. A Pedro Gómez no le constaba todavía haber matado adversario alguno y he ahí que ahora tocábale hacerlo con un aliado, con el animal de más útil hoja de servicios en las caballerizas del área… ––En la merita frente, para que no sufra–se dijo. El noble animal pasó, veterano de pies a cabeza, hendiendo con sus patas tranquilas las escarpaduras. Pet lo contempló por última vez, gigantesco, resignado y fiel, como una gran mole de granito que se hubiera hecho sensible. Volvía la cabeza instintivamente, sobre la línea de su grupa, avizorando el peligro. Por la cuesta, ocultándose, bajaba media docena de hombres a tomar el botín. Habían visto al tren abandonar su custodia muerto y ahora iban sobre él. Gritaban llenos de júbilo y entonces el soldado no vaciló más. Le clavó una bala de oreja a oreja. El pobre bruto movió la cabezota; sus patas se apoyaron todavía sobre el borde del precipicio y perdiendo la gravedad se precipitó al fin en el vacío tremolando las patas. ––Una carga que ellos jamás tendrán –murmuró Pet, siguiendo el rumor de la caída. Los asaltantes, como si lo hubieran oído, lo envolvieron en mallas de caliente plomo. Contestó decididamente, con rabia, sin darse cuenta de que ya el calibre le chamuscaba las manos. Un plomo le arrancó el sombrero. Otro le quemó con índice caliente las costillas. Lo cercaban. Pronto rodearían su terraplén. La proximidad de la muerte le inyectó de pronto Narraciones / Manolo Cuadra 125 un ardiente deseo de vivir. Un deseo que solo se experimenta en las penitenciarías y en los hospitales. ¡Vivir! ¡El aire, la luz, el sol! El Club de Alistados en Ocotal, sus compañeros de la organización de (R), su torreón de Quilalí donde él había soñado y recordado tanto. ¡Vivir! También le quedaría tiempo para volver a estos lugares, incorporados a los muchachos de la ¨M¨ invencible. Y el triunfo, la venganza… Hincó la cabeza contra el labio del abismo. Se empujó vivamente con los pies recordando una infantil acrobacia del colegio, y pronto estuvo su cuerpo en vertical, oscilando entre la seguridad y la muerte. Se sintió resbalar sobre la misma inclinación suave que había recorrido el tren, sujeto a las alternativas de lo probable y lo improbable. No debió de permanecer más de un minuto fuera de conocimiento, porque cuando volvió a hacerse cargo del comando de sus facultades, los hombres que habían quedado arriba lo buscaban, con la esperanza de cocerlo a balazos en la oscuridad. Los rifles parpadeaban, buscándolo, al azar. Por fin, gradualmente, la calma. La terrible noche segoviana, como gigantesca carpa, aparecía prendida del cielo por las tachuelas de cuatro estrellas diminutas. ¿Qué hacer? Pretender subir era absurdo. Tampoco parecía prudente. Seguir el curso de la cañada no conducía a solución alguna. Restaba esperar. Palabra de doble sentido cuya interpretación más bondadosa era la muerte lenta por hambre o sed. De otra manera, el enemigo. El suplicio atroz, incrustado a un árbol, mientras al son de una bandurria se acercaba bailando el Degollador. Existía la remota esperanza de que al día siguiente lograran localizarlo los aviones de reconocimiento. ¿Lograrían verlo? ¿Podría desde aquella cima hacer señales? Le faltaban bombas de humo… ¡El frío, el frío! Empezó a temblar como un envenenado. Pasaron las horas, silenciosos carritos de hospital de ruedas de hule. ¿Dónde estaría el Teniente Brenes, Pierna Negra, Cera Mascada, Pija de hule? ¿Dormían, mejor que él, en sus salvajes tumbas ignoradas? Se acurrucó entre las patas del Tren buscando el regazo de la carne todavía caliente. ––“Servidores hasta en la muerte”–murmuró, repitiendo la levantada insignia de su regimiento. Obtuvo reposo entre aquella trinchera de carne que le libraba a medias de las oleadas filosas del frío. Soñó que estaba en su cuartel de Quilalí, bajo frazadas, Música en la soledad 126 enun confortable catre de campaña. Soñó con una alegre hoguera, alrededor de la cual charlaban los guardias, calentando en las llamas sus miembros entumidos; soñó con los almohadones del Hospital Militar, con el trago de aguardiente fuerte de los bares de Managua. Despertó nuevamente cuando el sol, al través del tupido ramaje, pulverizaba oro cordial sobre las hojas y los árboles. Ahora que a la débil luz examinaba la trayectoria recorrida en su descenso, no le extrañaba mucho el verse vivo, así como el equipo de señales se hubiera conservado intacto. Habíase deslizado sobre un fuerte tejido de lianas debajo de las que existían andamiajes de bejucos resistentes y muelles. ¡Un verdadero milagro! Si hubiera algo para llevarse a la boca… Diose a buscar entre las bestias muertas con la esperanza de llevar algo al estómago. Solo municiones. Anduvo zigzagueando como un barco ebrio y ancló descorazonado cerca del Tren. Y ahora, ¿qué? interrogó, dándole amistosamente con el pie. ––Nada, ¿no es así? –prosiguió como si hablara con un compañero–. Si al menos hubieras logrado conservar ileso el equipo podríamos… eso es, jugarle una broma al destino. ¡Vamos a ver! A golpes de yatagán abrió las cajas. Todo estaba ordenado dentro de los compartimientos. Los depósitos, guarnecidos con resistentes planchas metálicas y acolchonados por dentro con bramante, lograron neutralizar los golpes de la caída. No había más que proceder. Tubos, cuerdas, baterías secas. Cuestión de minutos. Ya estaba entrenado en la instalación de radios de campaña. Tendió alambres sobre los árboles próximos. Hizo un pequeño agujero para el polo, la raíz del espacio en la tierra. Ahora una sonrisa; la sonrisa de un hombre que para salvar una dificultad no repara en los medios… bueno, en medios como los que iba a poner en práctica. Abrió las canillas. Un movimiento laborioso con ambas manos a la altura de la pelvis, y al conjuro de ese pase de prestidigitación un hilillo de líquido anaranjado llenó el agujero. Rió otra vez entre avergonzado y satisfecho. Le restaba ir al aparato, cerrar los swichts para que el mundo, su mundo urgente que eran las comunicaciones de la Guardia, se precipitara dentro de sus oídos. Esta proximidad transformó su panorama emotivo. Le invadió la sensación de que estaba Narraciones / Manolo Cuadra 127 entre los suyos; de que pronto el toque de corneta sonaría, llamándolos al rancho de la mañana. Creía en la posibilidad de que ningún peligro lo rodeaba, hasta tal punto el milagro de la onda lo reincorporaba a la vida de rutina. Porque allí, vagando en éter, estaban las estaciones del Ejército enviando informes sobre el estado del tiempo y de las patrullas en general. Entre aquella red invisible, que le ponía en contacto con alguna posibilidad de salvación, jugaba su esperanza como la misma onda. Cerró el switch. A través de la mica que transparentaba el milagroso organismo, los bulbos parpadearon para volver a apagarse. Luego de examinar en un instante la causa del inicial fracaso, equilibró la manípula, fijó fuertemente algunas conexiones y lanzó sus notas triunfales entre el concierto de las diversas estaciones: ––SOS, SOS, SOS. Firmó: EVAN, que significaba: Estación Volante, Área Norte. Giró su dial de un lado a otro, de la misma manera que un médico investiga la anatomía de un enfermo, auscultando los más remotos escondrijos del éter. ––SOS, SOS, de EVAN. Dos estaciones, como mastines de presa, cayeron sobre su envío. Habían escuchado y le contestaban. ––¿Dónde está?–le preguntaron. ––Radio G.N.–contestó él–, por la llave en Ocotal, Nicaragua. El del manipulador que operaba en el otro extremo se entretuvo en ejecutar una serie de puntos desacompasados, señal de que reflexionaba. Contestaron lacónicamente. ––O. K. Media hora después, un equipo de la Estación de Control, en Ocotal, lanzó al aire su onda exploradora. No tardó en dar con la EVAN: ––Aquí, sargento Tenorio, en la M. E. 7. ––Aquí, cabo Gómez, en la EVAN. ––Bueno, ¿se reconcentran? ––Ahora no es posible. ––Reciba entonces este mensaje: ¨De Ocotal, Al teniente Matus: EVAN. Reconcéntrese a la mayor brevedad. Reyes, comandante¨ ––El teniente–trasmitió Pet– no podrá leerlo ya. ––Muéstreselo en cuanto sea posible. Música en la soledad 128 ––Ni ahora ni nunca –Pet enviaba con mucha tristeza–, ha muerto. De llave a llave, el espacio quedó interferido por una cuchillada de asombro. ––Sargento –continuó él, jugando lúgubremente con el manipulador–, anoche fuimos aniquilados, yo me salvé por casualidad. Estoy sólo, ¿me oye? –continuó desesperadamente–. Sólo en un abismo sin poder decirle dónde. Otra vez el silencio que sucede a las grandes tragedias. En seguida la onda apareció. ––Bien, fratello –la nota había perdido su tiesura de rutina–, voy a poner en movimiento al Cuartel General. No perdamos el contacto. Regreso. Minutos después, el sargento estaba de regreso, controlando su onda. ––Jaló, frat. ––¡Jaló! ––Trasmito unos mensajes para Quilali y Wiwilí, ordenando que salgan las patrullas en tu busca y con la orden expresa de no regresar sin ti. Creo que tendrás ánimo. Cuestión de días, dos o tres, a lo sumo. ¿Puedes aproximar una seña de tu fondeadero? ––¡Claro! Estábamos a tres horas de las Vueltas, en el paso Cuyusá. Frente al sol que moría, en medio de aquel mágico juego de luces, eran… ––Suficiente, no te me pongas sentimental, que es malpresagio. Voy a transmitir tus datos al Comandante del aeró- dromo. Aguárdame. Aguardó un rato. Las impresiones del sargento le llegaron de pronto, por golpes, como en una demostración espírita: ––Alistan dos aviones para localizarte. ¿Tienes algo que comer? ––Sí, las mulas muertas. Esta El Tren… ––Bien, que no se diga nada malo de ti. ¿Te acuerdas cuando hacías de cuque, en Murra? En la cajilla de repuestos encontrarás un soplete. Corta un trozo de pierna al tren y dé- jate de sentimentalismos. Recuerda el lema de tu regimiento: SERVIDORES HASTA EN LA MUERTE. ¿Se te ofrece algo? ¡Claro hombre, mándame unos mondadientes! Un rumor arriba. Un sordo ronquido bajaba de las nubes y se colaba a través del verde palio vegetal. ¡Los aviones! En vano Pet intentó trepar por la bamboleante pendiente encaramándose en los árboles vecinos. ¡Qué pequeñito, qué insignificante que aparece un hombre en la selva! Las Narraciones / Manolo Cuadra 129 aves niqueladas volaban bajo para cumplir su misión de salvamento. Se orientaban al cálculo, tomando como base los datos que la Estación había enviado horas antes. Nunca hombre alguno había sentido más de cerca la fuga de su esperanza… Los vio por un hueco, donde clareaba el cielo segoviano, teñido de una adorable palidez femenina. Los vio alejarse hacía el sur, sin una sola vacilación, mientras las hélices resquebrajaban las nubes, arrancándoles miradas de motas blanquísimas. Y, otra vez las horas; las lentas horas tropicales desarrollando su telar invisible. Pocos momentos más tarde restableció la comunicación. ––¡Jaló! ––¡Hola, Frat! ¿Qué hubo? ––Hoy y siempre será lo mismo. No sirven sino para desesperarme. Los aviones estuvieron sobre mí, ensayando looping, como para una revista. Después se marcharon, contentos del paisaje. ¿Crees que los condecorarán? Pet intentaba bromear, para mantener a flote su amor propio. Sus clases de ética militar dictadas por el capitán de 14 Compañía empezaban siempre con esta advertencia: Suceda lo que suceda, Ud. es un Guardia Nacional, un miembro del Ejército. ––El hombre de la otra llave procuraba mantenerlo, estimulando su esperanza. Comprendía la terrible situación de Pet. ––Los muchachos se preocupan por ti. Ahora están a mi lado conociendo tus impresiones. Cuando regreses, dicen que pedirán tu ascenso… ––¿A la horca? ––No frat, te lo mereces. ¿Necesitas reponer alguna prenda de vestir? ––No te preocupes, dijo él, aceptando la broma. Por ahora solo deseo oírte más tarde, a las ocho. Procura tenerme algunas nuevas. Comunicose a la hora fijada. ––Mañana volarán de nuevo–le avisó el operador–. Reportan que creyeron localizarte en el vuelo anterior, pero que cuando bajaron para cerciorarse, los recibieron a tiros. Algo como una varilla de hielo le midió el espinazo en toda su longitud. Si tiraban contra los aviones significaba que los muchachos, pero los otros, andaban cerca y que posiblemente lo buscaban. Brotole de los poros un sudor helado, de fiebre. También le acometió un pánico insufrible. ¿Qué iba a de Música en la soledad 130 cir? ¿Denunciaría su situación con frases desesperadas? Su naturaleza de soldado, hecha para las reacciones violentas en las emboscadas, logró sobrenadar: ––¡Oiga, frat! ¿A qué día estamos? ––A viernes. ––O. K. Hasta mañana. Quiero asistir a la hora femenina que radia la J. A. B. B. en Barranquilla, Colombia. Buenas noches. Olga Kiralina, la contralto rusa que cantaba en Barranquilla, pasó por la pantalla de la noche la caricia de su voz de terciopelo: Ay! Cuando en la soledad un hombre piensa y ama, más le valiera quemarse en una llama. El desayuno fue un triunfo. Carne simple, chamuscada a la presión con el soplete. Toda la noche el cielo pasó desgajando cordiales racimos de agua, de manera que la sed le concedía aquel armisticio. El sol le encontró con la caña de pescar los peces-notas de la atmósfera. El consabido: ––¡Jaló, frat! ––¡Buenos días! ––Los aviones ya se levantaron. Bordearán el Coco y repetirán el raid punto por punto. Ahora sí que tendrás suerte. ––¡Al diablo con mi suerte, sargento! Van corridas cuarenta y ocho horas. Daría tres meses de mi paga por estar con Uds., a la noche, en el Casino de los Alistados. ––Eso ya vendrá Pet –habló el sargento desde el otro extremo. ––¿Deseas algo? Aquí tienes un radiograma. A Pet Gómez, en la montaña. Hijo, atentos a tu suerte. Que Dios te guarde. Tu padre. ¡Su padre! Sollozó sobre el aparato, consciente de que no le vería más; de que ya nunca volvería a verle, con la pipa entre los dientes y los ojos fijos en el horizonte. Otra vez la estación interlocutora: ––¿Quieres algo? ––¡Nada! Espero dentro de poco a los aeroplanos y deseo hacerme ver. ¡Diantre! Alegrole el sol que prendido en el oriente brillaba como Narraciones / Manolo Cuadra 131 una gran gota de vino claro. ––Como en mi casa–contestó él, refiriéndose al “como estas”–. Pasé despierto parte de la noche; la otra, con los ojos abiertos. ¡No, nada de miedo! Únicamente cierta aprehensioncita. ––Te digo que antes de dos horas te visitarán los aviones. Por otra parte, es seguro que hoy establezcan contacto con las patrullas que marchan rompiendo la jungla. Casi al mismo tiempo, ahogado por la espesura y la lejanía, retumbó un golpe. Otro después, más apagado, más distante, apagado acaso por el viento. Al otro lado del abismo, ¡trabajaban! Le embargó el júbilo. ¡Su liberación! El regreso a Ocotal. El abrazo regocijado de sus compañeros del Ejército. Como final, un permiso de treinta días a Managua. La paz. ¡El reposo en su cuartito de ventanas verdes y los brazos morenos de Clarita Guevara! ––¡Frat, sargento –gritó desde la llave. Este es mi último día de destierro. Ya vienen, los oigo trabajar. Por muchos que sean los obstáculos, estarán aquí mañana! Los golpes, en efecto, recobraban su ritmo frenético e insistente. ––Informaremos a los pilotos–le repuso el del otro aparato–. Búscame, cuando el sol caiga de plano. Nuevamente, una duda espantosa le derritió la médula ¿No serán los otros que se han propuesto cazarlo? Los golpes siguieron retumbando monótonos, equívocos. Pero reanimose cuando dos horas más tarde aparecieron los rápidos scouts del Ejército. Pasaron sobre su cabeza sin dar señales de haberlo visto, tomando la dirección de donde parecían venir los golpes. Una angustia fría, definitiva, aceleró el corazón de Pet. Los hombres misteriosos que trabajaban en la jungla se acallaron. Ya no le cabía duda. De nuevo los pilotos pasaron sobre su cabeza, efectuando círculos y picando donde creían conseguir alguna visión… y de nuevo se alejaron por las abiertas rutas del espacio, batiendo la mantequillera de nubes, en el silencio de la mañana, brillante y mágica. Entonces los ruidos regresaron insistentes, despiadados. Eran como el tic tac de un reloj fantástico. Al medio día se abocó otra vez con la M. E. 7. Esta le esperaba desde hacía media hora. ––Volaron los aviones –informó Pet desesperado, pero sehicieron los locos y no me vieron. Es inútil –siguió trasmitiendo con sequedad–. Que no sigan gastando gasolina y Música en la soledad 132 que me dejen en paz. ¡Es horrible ver cómo se mueven esos malditos, mientras yo sigo aquí, enterrado vivo en esta tumba! Los golpes, más audibles, se metieron en sus escuchadores. Los carpinteros remachaban los clavos de la caja. Prosiguió: Desde el amanecer trabajaban a golpes de machete. No son guardias, puesto que se ocultan de los aviones. ¡Me van a cazar como a una zorra, sargento! Cualquiera respuesta hubiera sido embarazosa. La verdad que Pet exponía era flagrante. El sargento buscó la tangente. Transmitió: Mensaje para Pet Gómez, en la montaña. Por los diarios me doy cuenta de su situación. No olvide Arreglarme antes los tres meses de arrendamiento. Cordial Simpatía. –(f) Nathaniel Levy ––Asquerosísimo judío, gritó cerrando los puños, ¡vete para Alemania! ––Sargento –dijo, ya pasado aquel arrebato, necesito un favor. ––Habla, Pet, pide lo que quieras. Adivinábase que el sargento estaba conmovido. Aquel ofrecimiento sin reservas lo demostraba enseguida. ––Es algo fuera de rutina –él estaba trasmitiendo angustiosamente. ¿Es posible que me atienda la Central de Managua? ––Pues, claro… ––¿Y conversar allí… con alguien? A la derecha de donde trasmite está mi catre. ¿Lo ve? Descorra la toalla, en la cabecera. Bien. Un retrato. Ella es Clarita Guevara, de quien deseo despedirme. Si acceden, ella no vacilará en llegar. Deseo que esta súplica se la trasmita directamente al General. ¡El General! Lo había visto una líquida vez cuando en ocasión de haber estallado un depósito de pólvora, el Jefe del Ejército había visitado a los heridos, en el Hospital Militar. Lo había visto sentarse en el mismo catre del Sargento Canales, que mugía de dolor con un charnel en el glúteo. Los ácidos, el corrosivo de los antisépticos, como que disolvían en aquella sala las divisorias jerárquicas. El viejo, así lo llaman los soldados a espaldas de los oficiales, por supuesto. Encerraba esta palabra, acaso irreverente, un sincero fondo de pleitesía filial. ––¿Crees que lograré, frat? ––Vamos a luchar, repórtate a las tres. Esperó. Dominado por una dulce lasitud dobló la cabeza, y cerrando los ojos para que la evocación no se fugara por Narraciones / Manolo Cuadra 133 las rendijas de los párpados, comenzó a bordar el primor de un recuerdo: Reía Mayo. Abrían los parques sus bazares de rosas y en el bouquet de las vitrinas sonreían los últimos disparates de la moda, con esa fecundidad total con que se inauguran las primaveras del mundo. Pet había conocido a Clarita Guevara en el Café Chino de José Lí, el oriental que también sabía combinar el matiz de las rosas y cultivaba en su parque, bajo túneles de hojas doradas, el milagro de los rosales enanos. Intimaron al amor de las bebidas que se ofrecían en minúsculas tacitas de bambú. Eran buenos tiempos económicos de la pre inflación. Delicioso pasado aquel, donde florecía el cenáculo de la bohemia del alba. Amalgama de poetas y pintores todos olvidados del presente y urgidos de porvenir. Era Clarita generalmente quien iniciaba la cosa: ––¡Menta! Luis Arce: ¡Whisky! José Francisco: ¡Gin! Rim: ¡Ron! ––He aquí una antología alcohólica, apuntaba Pet. Y luego él: ––Aguardiente, José! Llenábanse las mesitas de rosas de vidrio. Él, mirando a Clarita sorber la menta verde, experimentaba un delicioso malestar. La quería verdaderamente. Bajo el casquito de seda negra, su pelo dorado fulguraba a la luz de los farolillos del Japón. Pet le quemaba en silencio, como si fuera una estatuilla milagrosa, el incensario de sus cigarrillos. A Clarita le encantaba el modo de sus galanterías ultraístas. En efecto, Pet le había escrito un madrigal desconcertante: Tus ojos, gotas de pus, Tus ojos de azul, azul!... Por eso ella había querido apresurar los acontecimientos y poner, en la ¨i¨ de su vida, la tilde rosada que le faltaba. Aquello llegó en breve. Doraba el sol la carne morena de la playa y sobre el lago, que tenía ojeras de horizonte, se fugaban raudas las velas. Acercó sus labios hasta el caracol transparente de la oreja de ella. Expresó sus sentimientos con las mismas palabras que lo han hecho generaciones que se pierden en la noche de los siglos. Y se las dijo simplemente, por lo que el amor lleva en sí de ángel y de bestia: ––Clarita, yo te quiero… Música en la soledad 134 ––Yo también, Pet. ¿Y por qué no me lo habías dicho? ––Porque los anteojos me lo impedían. A través de los vidrios, el deseo como que se desgasta. Ahora, sin lente, me siento más sincero. Dieron el gran paso sin teatralidades. Fue en el propio cuarto de Pet. Elaboraba su fina tela liquida la llovizna de noviembre. De la tierra, repentinamente poseída por el chaparrón, se izaba un vibrante vapor genésico, delicado y brutal. La perspectiva era oportuna: Mirar desde la ventana, el agua corriente de las alcantarillas alejándose entre los recodos… Abandonar su vida, a la deriva, obediente a las disciplinas del porvenir, sin brújula por los caminos del mundo… Contemplarse, ella misma –barquichuelo de papel tirado aguas abajo–, en un arrebato de egoísmo. ¡El amor… el amor! Recordaba Pet a su compañera de cuarto, a la adorable bebedora de menta del Café de José Lí, caminando a la vera de los jalacates, entre los lirios de los platanillos y sonriéndole desde el kiosko oscilante de su parasol florido. Clarita, Clarita, suspiró con las manos extendidas. Una nota bien conocida por él, cantó en el nido de sus escuchadores. Avanzaba en el espacio la vibración del pensamiento de Clarita; la plegaria más íntima de su corazón doloroso. ––Aquí, Clarita Guevara. Se le conceden diez minutos. El no quiso recargar el drama. Dijo su salutación en la forma más natural del mundo. ––Amor, ¿cómo estás? Pero había una lágrima en sus ojos hundidos y su trasmisión era vacilante, mala. ––Sufro mucho, Pet. Anoche estuve con mi tía en la Gruta de Santa Teresita. Rezamos por ti: ––¿Y el Café Chino? Ella se lamentó al otro lado del espacio. ––Pet, por favor, ¿cómo puedes suponerlo? Estaba en la oficina cuando me di cuenta por los diarios. Los de la mañana aseguran que te rescatarán como a los aviadores que cayeron. Mi tía está que es un manojo de nervios; cree que tú estás rodeado de sandinistas; pero el General le ha probado lo contrario, con unos mapas en la mano… Dejose oír, con claridad que lo hizo estremecer. El golpe recio y cercano de machetes que abaten la selva. Pet palideció radicalmente. Sentíase como un autopsiado, sin miem Narraciones / Manolo Cuadra 135 bros, sin corazón. Hubiera dudado de que existía, a no ser que una de las chapas metálicas del aparato reflejaba su cetrino rostro, hirsuto y desencajado. ––¡Si! Claro que me libertarán como a los aviadores que cayeron, contestó repitiendo idiotamente la esperanza de la muchacha. Ya no tenía control. Obedecía a las más absurdas reacciones. ––¿Y vendrás enseguida? ––Pues claro. ¡Me merezco un gran descanso! ––Ayer estuvo a verme Nathaniel, el de la casa…y me habló algo sobre el rezago. Voces. Voces ferozmente alegres, llenas de sangre, hediondas a excremento, saturadas de júbilo maligno llegaron hasta su tumba. ¡Ah! Él juraba por los manes de sus antepasados que ni los hombres que pronto lo tendrían en sus manos le inspiraban un asco tan acabado como ese Nathaniel, el perro semita. Llegaba a romperle el tiquet de tranquilidad que había adquirido para su viaje sin retorno. Golpeó la llave en un último y salvaje alarde de ironía. ––¿Nathaniel? ¡Que espere! Si vuelve, entrégale de mi armario “MI LUCHA”, de Hitler. Será suficiente. ––Pet, ¿qué quieres que prepare a tu regreso? Él movió la cabeza. A sus espaldas las ramas se desgajaban.Una turba de pájaros salvajes huyó espantada. Lluvia de coleópteros polícromos abandonaron la corola de las orquídeas. Un cuervo augural cruzó los cielos. Los machetes desgarraban la entraña vegetal y el ruido le impedía oír. ––Cómprate un traje azul, igual al que llevabas aquella mañana en que el agua caía, y tú eras como un barquichuelo de papel. ––¿Qué dices? ––Dije algo; pero ya no digo nada, trasmitió Pet, que cobraba poco a poco la lucidez de la muerte. Iban a despedirse. El poema al borde de la tumba se cortaba con un punto final. Los machetes trabajaban, frenéticos. Una lluvia de hojas doradas, hojas amarillas, hojas grises, aureolóla cabeza de Pedro. ––Bravo–transmitió, aparentando alegría–, ya los hombres están aquí, cerca, muy cerca. ¡Voy a prepararme, Clarita! ––Adiós, amor. Yo te espero… La nota se retiró. El diapasón huyó por el brumoso cielo segoviano y el único hilo que lo ataba a él con la existencia desapareció para no volver. Música en la soledad 136 ––Música en la soledad, pensó abriendo el switch. Un boquete fue abierto a pocos metros, en lo más espeso de la jungla. Como en una fantástica representación teatral, por el agujero dejó verse un rostro barbudo, iluminado por dos ojillos que se reían maligna, silenciosamente. El recién llegado levantó su rifle y apuntó, cerrando una de sus pupilas de víbora. Pet Gómez intuyo lo que pasaba. Sintió la mirada del enemigo que se le clavaba ardiente, viscosa, fría, en las espaldas. Se acordó del cuartito de ventanas verdes, donde ella le había dado amor una mañana de lluvia… El disparo que le perforó los pulmones no le arrancó un solo movimiento. Pero sonreía. Bajo la emoción que le ceñía el pecho, todo, hasta la Muerte, le parecía el principio de un ensueño muy dulce. Quilalí, Nueva Segovia, 1933.

Torturados POR MANOLO CUADRA (NICARAGUENSE) Cuento Completo.

Torturados POR MANOLO CUADRA (NICARAGUENSE) Cuento Completo. DENUNCIA la luz los contornos del bote, en el que se levantan a compás los remos silenciosos, envueltos hasta la mitad en fundas de bramante. Phillips habla en voz baja. Su compañero arrástrase a fin de observar: ––¡Son ellos! Se apelmaza contra la arena. El otro hace lo mismo. Continúa acercándose el bote, pero tan lentamente, que desespera a los dos hombres. Al fin atraca. El ruido que hace la quilla al hincarse en la arena arranca al silencio una nota de alarma. Voces. Un ligero chapoteo. ––¡Arriba las manos! El triángulo de luz de un reflector irrumpe sobre los marineros y entre el rumor de la lucha elévase la voz de Hays ––¡Al cuartel, pronto! La patrulla toma un sendero estrechísimo que despierta en una línea blanca y sucia cuando cae sobre él, el chorro luminoso de los focos. Senderito inverosímil, encaramándose a medida que se avanza, sobre el dorso de una elevación montañosa. Marchando de uno en fondo, deteniéndose constantemente para no despeñarse, el grupo, más que una patrulla armada en guerra, pareciera una troupée de alambristas en exhibición fantástica ante la noche. Tupe la maleza por ambos lados y cubre el cielo sobre la cabeza de la expedición. A las bifurcaciones sobrevienen descensos demasiado rápidos: aun una dilatada planura, todavía el paso de la quebrada y, hasta entonces, la pendiente fácilmente perceptible. Aparecen, de choque, media docena de luces pequeñas, semi-rojas, tristitas y desveladas. ––Quilalí –apunta Hays. Los soldados respiran satisfechos, uniformemente, como no lo harían mejor en su clase de gimnasia respiratoria. Ante el índice del farol que raya la obscuridad las tinieblas vuelven grupas atropelladamente. Hays ordena: ––¡Vengan los prisioneros! Una sombra adelanta, seguida de otra que llena el trayecto con un chirriar de hierros. Al penetrar en la cámara de las torturas, la luz le da encima. Esa sombra es un hombre. Torturados 106 Delgado, de estatura mediana. Los ojos pequeños sumamente brillantes, parecen tizones prontos a darle fuego a los matorrales de las cejas; pero su piel, pálida por la ausencia de glóbulos, tiene una diáfana transparencia palúdica. Se ha quitado el empalmado y lo voltea entre las manos, como si con el contacto de esa prenda tan familiar quisiera convencerse de que no está siendo víctima de una pesadilla. Mira a su alrededor caras desconocidas, que, por una paradoja, le son a la vez perfectamente conocidas: son caras enemigas. Contesta a las preguntas de Hays cuyo español es tan ortodoxo como su slang neoyorkino. Es la misma, la misma declaración que constituye un motivo central en la vida y sentimientos de cada habitante de esta región: Enmontañó el mismo día que su rancho fuera quemado por los airoplanos. Con el hijo mayor, ese mismo que han traído con él, logró escabullirse ende que voló su champa. Hubiera querido también arrastrarse a Pedrito; pero el pobre ya estaba boquiando, con los menudos deshechos. Su mujer, por lo que le decían los ispiones, debía estar en la reconcentración. Ha terminado. Su voz lleva a horcajadas, en premeditada solidaridad, la historia de todos sus compañeros dispersados más o menos así. Hays adelanta, acercándose: ––¿Sabe esto? Yo saber que usté las hace. Es un tarro enorme, de cerca de tres libras, que no llegó a explotar. El otro, lanzado con mucha seguridad, fue el que decidió el contacto a favor de los rebeldes en la emboscada de la noche anterior. ¡Pobre el segundo teniente Livington, tan joven, tan gentleman! Hays dedica un recuerdo conmovido a su gallardo compañero de la marina, caído el primero en el momento trágico de aquella encrucijada obscura. Recuerda la confusión después de la sorpresa, los rostros lívidos de los marinos que, sin poder localizar a los asaltantes se asesinaban entre sí. El prisionero calla. Aquel objeto le ha traído a la mente el empleo que, acompañado de su hijo, daba al tiempo en los talleres improvisados de “El Cinchado”. Días enteros guareciéndose bajo las champas, ocupados en llenar de pólvora, púas y otros desperdicios metálicos, los potes de conservas que los gringos, admirables gastrónomos consumían en sus expediciones. La mecha está quemada hasta la mitad. Una Narraciones / Manolo Cuadra 107 pulgada más y habría tocado el fulminante. ¡Qué lástima! Dice al fin: ––No sé qué es eso. Yo no sé nada. ––¡Empiecen! –ruge Hays. Pero hace una nueva tentativa de cohecho: ––Dice, hombre; dice… El hombre niega, impasible. Los puños del yanki cruzan, y el hombre se abate como un corcho. ––¡Empiecen! –repite. El prisionero incorpórase bajo sus patadas sonámbulo. Dos cuerdas metálicas salen del generador, pasan por la llave del trasmisor de radio y terminan en los pulgares de sus manos, fuertemente incrustadas. Dos hombres han ensamblado las manivelas en el eje que mueve aquel artefacto. La corriente se multiplica a medida que el engranaje gira impulsado por las manivelas. Phillips aparece por la puerta trasera y vuelca una cuba de agua bajo los desnudos pies de la víctima, que se vuelve, sorprendido de algo que no comprende. Hays ríe: ––¡Oh Phillips! ¡Delicioso! ¡Fantástico! El paciente inicia un movimiento de abajo para arriba, retorciéndose como un hombre que se despereza. Un gemido de imposibles interpretaciones fonéticas, amorfo, inarticulado, sale de su pecho y queda, doblado por el eco, revoloteando en el cuarto. En voz alta, Phillips va marcando el recorrido de la aguja que indica un ascenso en el voltímetro: ––Hundred… two hundred-sixty… three hundred-ten… Los operadores continúan volteando las manivelas. ––Three hundred eighty –canta Phillips. El torturado no resiste más. Disparado por fuerza irresistible, choca contra una pared en envión violentísimo, rebota y cae ruidosamente. Los extremos metálicos se han zafado de los pulgares. Adviértese sobre éstos el rastro sangriento de la tortura. Hays está sobre él, conectándolo nuevamente a la cuerda. Las manivelas, que han sido paradas mientras dura esta operación, giran otra vez. La víctima salta desde el suelo lo mismo que pelota de goma. Intenta apoyarse en la pared; pero resbala y cae. Sus manos críspanse, una sobre otra, en gesto de sufrimiento infinito. El extremo de ambos alambres, no protegidos por la capa aislare, forma circuito con este movimiento imprevisto. Pronto una llama lengüetéa, achicharrándole la piel de las manos en pirotecnias maca Torturados 108 bras, como si fuera un ilusionista estupendo. El olor atosigante del pellejo quemado llena la pieza. Un entusiasmo satánico ha coloreado el rostro de Phillips. Hays sólo sonríe. Sobre el piso, estropajo de carne, sudor y sufrimiento, el hombre gime con un gemir cortado, como sólo pudiera hacerlo un niño a quien le faltara el calor de la madre. Phillips espía, temeroso de perder un solo detalle del espectáculo, el rostro odiado. ––Povrecito, povrecito. Llevarlo a la enfermería. Un minuto después lo fusilaban. ¡El otro! Por un refinamiento de crueldad han hecho que el otro, el hijo del hombre a quien acaban de suministrar un calmante definitivo, presenciara la tortura desde una pieza contigua. Impotente para socorrer al padre sacudido bajo la acción de aquel chunche infernal, el otro ha cerradolos ojos. Las detonaciones oídas ha poco le tranquilizan. Su padre ha dejado de sufrir. Él sabe ¿Quién no sabe lo que significa conducir a un prisionero al hospital? Al entrar, dijérase guiado por una rara voluntad de sufrir, de tal manera se planta ante el instrumento y aun ofrece ambas manos a los operadores. El bozo, apenas perceptible, deja suponer el arranque de la adolescencia. La vida semisalvaje que llevaba ha dado a sus músculos, con el constante ejercicio de fugas y persecuciones, una hinchazón prematura. Bajo el pantalón, que debe tener meses y meses de uso, márcanse perfectamente los altos relieves de la virilidad. ––Y usté, muchacho, ¿usté tampoco sabe esto? El jefe tiene la bomba entre sus manos: la pone bajo unos ojos asustados; la choca fuertemente contra unos labios, hasta hacerlos sangrar. De momento Phillips falla y alienta una esperanza. ––¿Sabe? Diga… Ninguna contestación. La víctima permanece lejana, tal vez sumergida en la evocación de su libertad perdida. Phillips esboza una señal. Las manivelas comienzan sus fatídicas vueltas. Bajo los alambres corre el voltaje que desemboca en los pulgares, mordiendo el resto del cuerpo. Sudor copioso. El cuerpo se encabrita, gira, recójese sobre si, adoptando las poses más excéntricas. Es algo infinitamente parecido a los visajes de un contorsionista. Las manos mué- vense rápidamente en movimiento de martilleo, con velocidad que no decrece, Hayscompara esas contorsiones con Narraciones / Manolo Cuadra 109 las del pugilista que golpea un punchingball. Y grita, alegre: ––¡Mira, Phillips, mira! Y Phillips mira, pero otra cosa, con el rostro alargado de espanto. Los pulgares del preso se han unido. La llamita siniestra despliega su cabellera quemante sobre unas manos que van a posarse en la mecha del tarro infernal. Toda la sangre se agolpa en el corazón miedoso de Phillips. Quiere huir… Es inútil. La explosión se produce. *** Sobre la viga del techo un fragmento humano se balan cea graciosamente. Es una pierna. ¿Habrá pertenecido a Phillips? ¿A Hays? ¡Quién sabe! Pero es, evidentemente, una pierna.

sábado, 17 de febrero de 2018

Adolescencia por GUILLERMO MENESES. Completo

ADOLESCENCIA por GUILLERMO MENESES
Hic est enim qui dictas est par Isaiam prophetam, dicentem: Vox clamantis in deserto: parate viam Domini, rectas facites semitas ejus. (Pues este es de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: aparejad los caminos del séñor; haced derechas sus veredas). Son palabras tomadas del evangelio de San Mateo, capítulo tercero, versículo tercero.
En la atmósfera azulada de la capilla, entre el olor del incienso y de la cera, se desleía la voz del padre Echevarrieta, Director Espiritual del Colegio, quien, apenas soltó un latinaz- go, se detuvo arrugando entre los dedos los pliegues de la sota­na y suspiró, como si la gordura de su cuerpo rechoncho le apretara las fuentes de la elocuencia. No tenía facilidad de expresión y, antes de comenzar sus sermones, hacía siempre un pequeño rato de silencio en el que examinaba con sus ojillos pequeños* vivos, rodeados de arrugas, las filas de sus alumnos amodorrados y soñolientos en los bancos de madera oscura. La- redonda cabezota movíase nerviosa entre los encajes del alba y sus labios tomaban forma de sílaba una y otra vez para quedar de nuevo cerrados a la voz como una pequeña raya inútil per­dida en la gordura de sus mejillas.





En el fondo de la capilla, junto al confesionario solemne, julio Folgar-moreno, flaco patiquín de 15 años- sonrió dando un codazo a su vecino:
—¡Mírale la boca!
Ya se habían hecho célebres entre los colegiales los cucuru­chos y monerías que tenía que hacer el padre Echevarrieta antes de lograr la primera frase de su discurso y en el patio de recreo se decía entre risas que al Director Espiritual le fallaba el a- rranque porque tenía mal el carburador o porque, tal vez, estaba acostumbrado a salir con manilla. Julio Folgar iba a repetir el chiste popular entre la chiquillería cuando, lamentablemente, con tropezones de ciego abandonado, la voz del sacerdote cogió la senda evangélica contando el encuentro de Juan el Bautista y Jesús.
En el estanque azulado de la capilla, en el agua piadosa y devota que se apretaba entre las oscuras paredes, en la penumbra quieta y beata, se extendía la alta voz dulzona que arrullaba y adormecía a los colegiales. Tal vez Julio Folgar era el único que, apoyándose en el relato de su profesor, se divertía imaginando de nuevo las escenas con añadidos tomados del cinc y de sus libros, mezclando los misterios y mandatos religiosos con el empuje de su imaginación.
El tenía un libro de estampas en que estaba grabado el bautismo de Jesús. Era un fresco remanso del Jordán, sombreado por anchos árboles de espesa ramazón; en la som­bría quietud del agua se desdibujaban los pies del Señor y el cielo luminoso hacía aureola de santidad en redor de la cabeza del Mesías. Juan sostenía un cuenco del que caía el agua bau­tismal clara y blanca como una bendición, clara y blanca como la frase que se oyó en ese momento: “Este es mi hijo muy


amado en quien me he complacido” ... Juan estaba vestido con una piel de camello. Era un perseguido, un hombre violento que luchaba contra los poderosos, que acusaba a Herodes de ser adúltero con la mujer de su hermano... Y, una noche, Salomé, había bailado su danza mejor, la que enloquecía aLRey. “Pí­deme lo que quieras; aunque sea la mitad de mi reino...” Y Salomé había pedido la cabeza de Juan el Bautista... Salomé... Julio Folgar ha visto una bailarina en el Teatro Olimpia, que baila el fox-trot Salomé con una falda de cintas y el vientre desnudo y dos redondeles brillantes en los pechos...
Bailando va, suavemente sutil la celestial Salomé...
Al hacerse más recia, la voz del padre Echevarrieta le apagó los pensamientos. Apretándose la panza con las blancas manos gordezuelas, el Director Espiritual hacía sus consideraciones, metiendo en el discurso sus latines inútiles y pedantes.
-Las palabras dei evangelio, queridos hijos, contienen siempre, a más de la historia de Nuestro Señor, útiles ense­ñanzas y sabios consejos. Parate viam Dominio aparejad el camino del Señor, dice el Apóstol. He aquí un consejo, un grave consejo... Hablaba el Bautista ante una respetable asam­blea, ante un numeroso auditorio; pero, aunque estaba ante esa regular cantidad de personas, seguía siendo para muchos “vox clamantis in deserto”. Había allí fariseos y enviados de los Príncipes de los Sacerdotes, almas cerradas a la gracia, sepul­cros blanqueados, personas de las que dijo Jesús que tenían oídos y no oían, que tenían ojos y no veían. Sordos y ciegos de corazón... En la vida práctica, queridos hijos, nunca debemos ser de estos sordos y ciegos, más desgraciados que los verda­deros; debemos, por el contrarío, abrir el corazón a las divinas insinuaciones, arreglar el alma para la gracia... Dice el Evan­gelio que Jesús fue llevado al desierto para que el diablo lo tentara “ut tentaretur a diabolo” y ayunó cuarenta días y cua­renta noches; (así se prepara Dios mismo para recibir las tenta­ciones! ¡Y nosotros, miserables humanos, no queremos hacer un solo pequeño esfuerzo, como si el cielo se pudiera ganar sin dolor!... Después de este ayuno, Nuestro Señor tuvo hambre y hasta El se llegó Satanás: “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”, Jesús respondió: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’*...
A Julio Folgar le gustaba esta frase. Cuando su madre quería comprar un vestido caro o un frasco de perfume, decía siempre eso: No sólo de pan vive el hombre; pero pensando que Jesús lo dijo en la oscuridad de una noche terrible, rechazando la tenta­ción del diablo, aparecía majestuosa y brillante. “No sólo de pan vive el hombre”... En todo caso era una contestación mucho más bella que la de la segunda tentación, la de “no tentarás al Señor tu Dios”... Julio amigó la nariz al oírla de los labios del padre Echevarríeta: “no tentarás al Señor tu Dios”, no tenía vigor; él adoraba las frases grandes y retumbantes o las irónicas, amargas. Por ejemplo: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, aunque los padres dijeran que es una blasfemia de Bolívar, le llenaba el pecho de orgullosa ansiedad.
El Padre Echevarríeta continuaba:
-Luego, el demonio llevó a Jesús a un monte muy alto y le mostró desde allí todos los reinos de la tierra. ¡Todos
reinos! ¡Todas las épocas! ¡Todos los poderes! Siria, Caldea y Mesopotamia, China y la India, Egipto y Grecia y Roma.
Con rapidez de hachazos, entraban las imágenes en el pensamiento del muchacho; hubiera querido abarcar todo el poderío de la tercera tentación; pero no podía gozar en ninguno de los escenarios que se fingía, porque, enseguida, frases de sus novelas o de sus textos o recuerdos del cine y del teatro, traían otra escena y otros personajes y otro interés. Un desfile de lanzas romanas se interrumpía con la figura brillante de un rajá sacado de Salgari, rodeado de bayaderas y sonriente de lujuria y crueldad bajo el turbante de seda. Egipto (Menes, fundador de Menfis y natural de Tanis y los reyes del... decía el texto de Historia), las pirámides, las sacerdotisas de Isis y, de pronto, el ejemplo de sintaxis latina, le traía una decoración de togas y triclinios: “Si tu et Tula valetis ego et Cicero valemus”. El grabado del Discóbolo, o el del busto de Platón o el del torso potente de la Venus de Milo, eran Grecia y la Roma de los patricios se formaba con la figurare Petronio en “Quo Vadis” y la palabra vomitorium. La Historia Antigua la explicaba el Padre Fernández en el salón, del Primer Año de Bachillerato: una sala luminosa y clara, donde sonaba, entre ecos lejanos de la calle, la voz del profesor al describir la revuelta de Espartaco o el brillo del Imperio Visigodo. (“Folgaba el rey Rodrigo con la fermosa Cava en la ribera del Tajo ski testigo”). En aquel tiempo el apellido Folgar era una grosería... Los árabes triunfaron y fue otro poder y otro reino con las mezquitas españolas y tiendas de seda en el desierto como en la película “El Hijo del Sheik”. Y vino el Cid, pero antes, Carlos Martel derrotó a los moros en los Campos Cataláunicos. Las Horcas Caudinas, los Campos Cataláunicos. Carlos Martel. Cario







Magno. “Quand r armée de Charle-Magne revient d’Espagne, l’arriére-garde, comandée par le comte Rol and, fue aítaquée par les Basques dans lagorge profonde de Roncevaux..“Así era la leyenda de Durandal en el texto de Francés. Carlo-Magno. Carlos Quinto. Carlos Tercero. Femando Séptimo. Los Incas y los Aztecas. Guaicaipuro y los Capitanes Generales de Vene­zuela. Emparan dijo: “Yo tampoco quiero mando”, y luego fue Miranda y Bolívar: “Si la naturaleza se opone...”. ;
Con pose de rey fastidiado, volvió a escuchar el sermón del padre Echevarrieta; pedante, sonriente, despreciativo, oía la voz del sacerdote, que preparaba ya su final moralizados
—Pronto, muchos de vosotros saldréis del Colegio, entraréis a la Universidad, comenzaréis el estudio de la carrera que pre­ferís. ¿Os olvidaréis, hijos míos de mi alma, de todas las viejas enseñanzas que habéis recibido, permitidme decirlo, del pecho de vuestras madres, que luego os han enseñado en el recinto familiar, que, por fin, os han clavado día tras día en este Cole­gio?... ¿Olvidaréis por vuestras geometrías y cálculos o por vuestros códigos y jurisdicidades o por vuestros estudios ana­tómicos o fisiológicos estas enseñanzas puras, estas santas de­vociones a la Virgen María y al Sagrado Corazón?... Por lo que os diga tal o cual profesor, o por seguir el fuego de vuestras pasiones, ¿olvidaréis los votos hechos aquí, en esta misma Capilla, ante esta misma imagen de la dulce Madre de Dios?... ¿Podrán borrarse de vuestro corazón reglas metidas tan adentro, enseñadas con tanto amor?... No; no es posible, me digo a mí mismo una y otra vez. No, no es posible que estos pequeños ángeles a quienes tantas veces he visto rezando, que ¡ tantas veces hospedaron en su alma el Cuerpo de Nuestro Se- J ñor; no es posible, repito, que mis inocentes chiquillos, toda |


pureza en medio de sus juegos y de sus estudios y de sus ora­ciones, vayan a ser luego hombres corrompidos e incrédulos, encenagados en el vicio, sin voluntad y sin entendimiento, lle­vados por el huracán de las falsas teorías y de las pasiones mal­sanas. No, no es posible, hijos míos de mi alma y de mi cora­zón. ..
En los últimos bancos, Julio Folgar -patiquín de 15 años- sonrió; entre dientes, romántico y displicente, con ademanes de condescendencia, rezongó: “y la carne que tienta con sus fres­cos racimos y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos”. Con un pequeño rodillazo llamó la atención del compañero que estaba a su derecha; sin volver la cabeza, tapando la boca con su larga mano que adornaba el brillo de una sortija, fingiendo un bostezo elegante, propuso:
-Esta tarde dan una película de Greta Garbo. Te invito.
El otro, también silencioso, le indicó que mirara hacia atrás y, al hacerlo, Julio encontró la silueta esquelética y negra del padre Fernández, que lo miraba con el brillo de los ojos rabiosos. Julio fingió atender de nuevo a las palabras que bro­taban de la mole —redonda, vulgar— que era la cabezota del Director Espiritual entre los encajes del alba.
-Recordad, pues, hijos míos, que hay que aparejar el cami­no del Señor, haciendo de nuestras almas fortalezas difíciles contra el demonio. Jesús nos dio el ejemplo con sus días de ayuno y penitencia en el desierto. Sigamos la divina insinuación. Ayudémonos con la comunión, con las oraciones; confiemos en la Virgen María y en el Sagrado Corazón de Je­sús.
De rodillas, el padre Echevarrieta continuó:
-Recemos una avemaria. Prometed hoy que la rezaréis


siempre, cada día. Pedidle a la dulce María que sea vuestra abogada en la vida y en la muerte. Amén. Dios te salve, María; llena eres de gracia...
La voz del padre Echevarrieta se desmayaba en la mística sombra de la Capilla, entre el olor del incienso y de la cera, como las azucenas lánguidas sobre la blancura del altar. Luego, el coro adolescente respondió vivo, altanero, tembloroso de fuerza y ansiedad, lleno de esa huracanada vehemencia que el padrecito gordo temía y presentía.
Desde hace algún tiempo, a Julio le gusta tenderse en la tie­rra de su corral caraqueño a la hora del atardecer, y mirando hacia arriba, ver las ramas de los árboles manchadas de cre­púsculo, hundidas en el ciclo brillante, pintadas con el último rojo del sol, mientras viene a anidar en ellas el vuelo chillón de algún pájaro arisco.
Desde hace algún tiempo, cuando la mañana anega en claridad el jardincillo que su madre cuida, le gusta a Julio me­terse entre el mundo vegetal y mirar con detenimiento de cono­cedor la delicada entraña de lirios y margaritas, de azucenas y rosas.
Desde hace algún tiempo, Julio tiembla al desnudar las flo­res, al rozar la fecunda redondez de los pistilos y la quebradiza gracia de los estambres, lo mismo que al observar el nacimiento de un gusano o las embestidas eróticas del gallo o el vuelo ner­vioso de las mariposas.
Desde hace algún tiempo sueña con ser cadete y tener una novia que lo espere cariñosa en la ventana pobre de una casucha
arrabalera; o marino que llegue a los puertos con todas las hambres rabiando en el cuerpo, y que, al día siguiente, apoyado en la borda mohosa, se despida de una mujer, de una noche y de una borrachera; o elegante donjuán con mucha plata y muchas aventuras, que abandona muchachas y desprecia sonrisas en los salones brillantes y tibios; o jefe victorioso de un batallón de indios y negros criollos que griten: ¡Viva Julio Folgar!, mientras él corre a caballo las calles caraqueñas y mira en las ventanas a las mujeres de ojos admirados, labios encendidos y blanco pecho. Sueña con ser otros mil personajes impetuosos y se acaricia un imaginario bigote si ha visto en el Cine a John Gilbert o hace lánguida la mirada si fue Rodolfo Valentino el héroe del film. Una noble tristeza acompaña sus sueños.
sí***
Esta tarde, está acostado en la húmeda tierra oscura del co­rral. El padre Fernández lo castigó por haber hablado en la Capilla, y , al llegar a su pasa, luego de pedir la bendición de su madre, ha seguido hacia el corral y se ha tendido en el suelo mirando las altas ramas hundidas en el pálido cielo del atar­decer.
-¿Porqué tan altas-tan aaaaaltas- las ramas del eucaliptus?
Julio está cansado; siente el cuerpo friolento, rígido; todo él está lleno de una perezosa y soñolienta melancolía; tendido sobre la oscura tierra fresca y olorosa, podría estarse hasta siempre, mirando el sol bebido en las ramas del eucaliptus, mirando el cielo apenas azul, mirando los árboles que se duermen, silenciosos y severos entre el correteo de la brisa, bajo la tarde desmayada.


Entre las ramas se desvanece el último azul, sobre la tierra fresca, olorosa a zumos y a savia, caen ya las sombras que anuncian la noche y rondan el lento desarrollo de los pensa­mientos de Julio Folgar.
Un compañero de colegio, hijo de un capitán de barco, dice que de los árboles muy altos se hacen los mástiles de las goletas; así, esos árboles están destinados a luchar siempre contra el viento: cuando están vivos, chupando savias y soles, sostienen el peso de las ramas, se balancean serenamente entre la brisa; luego, cuando los cortan, sostienen los grandes pañuelos blancos de las velas, donde se acuna el bravo viento del mar y, si se anuncia una oscura tormenta, los marineros suben por las jarcias, les arrancan las velas, los dejan desnudos bajo la lluvia, bajo el pesado empujón de las furias... Es una vida brava la de los marineros. A Julio, le gustaría ser oficial de un gran tras­atlántico de los que viajan por Indochina y el Japón, pasear severamente, con la pipa apretada entre los dientes, caminando la cubierta pulida y brillante; encontrar entre los pasajeros una extraña mujer que fuera espía, como la Mata-Hari y tuviera en los labios un narcótico para dormir con sus besos a los ene­migos que guardan secretos. En Singapur, en Shanghai, ima mujer de ojos verdes y pelo brillante... Así debía ser Salomé: ojos verdes, negro pelo que caía en caracolas hasta los redondos hombros, tapando los pechos dos escudos de plata, escon­diendo y acariciando las piernas la falda de mil cintas de color y, anhelante ante la yerta cabeza del Bautista, una sonrisa, porque pincha con un estilete la lengua del hombre que había dicho de Herodes que era adúltero con la mujer de su hermano...
Resultaba mi cuadro de bello colorido: el platón redondo de brillo llameante -como una luna malvada-, sosteniendo la cabeza del profeta y la loca princesa asesina pinchando la odia­da lengua... una falda de cintas, dos escudos de plata sobre los senos... Alguien le ha dicho a Julio que Salomé estaba enamorada del Bautista y es hermoso pensarlo así: la princesa, apasionada por su enemigo, viciosa del amor hasta más allá de la muerte. A Julio le gustan los cuentos brillantes y sangrientos, con fondo oscuro de pasión y, sin duda, el cuento de Juan el Bautista cumple con todos los requisitos: defensor de los débi­les, enemigo de Príncipes y, más allá de la muerte, entregado a los brazos de Salomé, la asesina que baila interminablemente... Juan el Bautista y Jesús son polos opuestos en la ceremonia cándida que contó esta tarde el padre Echevarrieta: fuerza y dulzura, reciedumbre de hombre y tranquilidad infinita* de DioS. Alguien puede soñar destino semejante al del Bautista, en cambió Cristo está separado de las ambiciones humanas por la cortina de la divinidad...
Si Juan Bautista hubiera sido el tentado del desierto, hubiera aceptado tal vez; seguramente, hubiera corrido el albur satánico de las tentaciones. La tentación, del hambre, la tentación de la vanidad, la tentación del poder... Juan hubiera jugado al azar el resultado magnífico de los ofrecimientos del Demonio... la. lástima es, que no todo el mundo es tentado de modo tan hermoso y la mayor cantidad de los hombres tienen que buscar afanosamente su propia tentación.
Y, de pronto, Julio brincó: estaba lleno de miedo, como cuando veía películas de crímenes y luego no podía dormir, porque la cara del asesino-recordada en perfiles de maldad, en sombra de delito, en brillo de odios- le obligaba a tener abiertos los ojos piltre la espesa negrura de su cuarto. Ahora no había rostro de asesino, ni maullido de gato, ni misteriosas


pisadas: bastaba con ese pensamiento que estaba dentro de él y que era como si alguien hubiera chillado un grito obsceno en la capilla del colegio o se hubiera atrevido a tocar la hostia con sus manos. Recordando eb sermón del padre Echevarrieta había pensado eso que nunca ha debido pensar.
Tanto miedo le brincó dentro, que sintió el golpe de su san­gre, recio en el silencio del atardecer; tanto miedo le invadió que salió corriendo hasta su cuarto y se echó en la cama apre­tándose contra las almohadas: ¡había pensado en eso! ¡había pensado en eso!...
Dentro de su cuerpo, la sangre -o el alma- golpeaba con aleteo de mariposa entre la oscura sombra de su angustia.
♦♦♦
Cuando se dio cuenta de que estaba casi tranquilo, cuando comprendió que su sangre volvía a correr con el pulso habitual y que sus pensamientos regresaban al apacible ritmo de siem­pre, se levantó de la cama, encendió la luz y fue hasta el espejo del lavabo. Tuvo que sonreír, satisfecho de su serenidad, cuan­do vio su cara como luía pálida máscara de pierrot adolescente, plácido, sentimental. Entonces sonrió más: ya podía pensar de nuevo en lo que había'pensado en el corral. Buscaría la ayuda del demonio, sería un héroe de la sensualidad y haría de su vida un brillante amontonamiento de placeres; esa estampa del espejo -romántica, bobalicona, pedante- se convertiría pronto en la figura de un gran vividor despreciativo que tiene canas antes de ser viejo.
Si el padre Echevarrieta dice que la copa del placer tiene dulces los bordes, pero es amarga en el fondo, Julio piensa que
 esa amarga hondura la que lo atrae más, que la elegante de­cadencia del vicio es el mejor premio para una vida de pasión y goce. Ante el espejo finge la mueca de los hastiados, el cansado bostezo de los que han jugado mucho con el amor. Por un momento busca el ejemplo que debe imitar ante la ingenua cine­matografía que es para su alma el espejo clel lavabo: ¿Será Lord Byron? ¿Será Brummcll? ¿Será don Juan?... Y, por fin, se decide: es uno de sus abuelos, cualquiera de aquellos mantua- nos cmpclucados, amigos de los Capitanes Generales, cortesa­nos aduladores, caraqueños ricos, amantes de la holganza y de las canonjías coloniales. Como siempre, Julio sueña: él es don Julio Folgar, y está mojando bizcochuelos hechos por las mon­jas del convento cercano en el tazón repleto de chocolate espe­so; al mismo tiempo, piensa apacible que la señora su vecina va a esperarlo esta noche, porque ella es mujer de pasional tempe­ramento y está ausente el marido en las tierras de Aragua, y...
En esc momento, comprendió al mundo como un grandioso y oscuro movimiento diabólico, como un misterioso y anhe­lante jadeo demoníaco; frases, chistes, recuerdos, todo lo que su mente le presentaba como atrayente y expresivo, le pareció iluminado por una terrible luz satánica.
Manchadas de luna, se abren las flores para que el grano de polen que danza en el viento entre a fecundar el escondido seno redondo y, entonces, se despereza el matorral, botando en la brisa un arisco perfume; en la negra hondura del mar o en los pozos verdes de los ríos que duermen sus remansos bajo la gigante sombra de las selvas; entre los árboles húmedos o junto al fango fofo de los bosques, corre el calofrío sagrado que madura todas las simientes, lo mismo que se extienden en la tibia atmósfera de su alcoba los alocados pensamientos. Partc-


nogéncsis, fanerógamas, protoplasma... todas estas palabras, que en los libros le parecieron frías y complicadas, las pronunció ante el espejo del lavabo como el “Introibo ad altare Dei" de una misa que el muchacho adivinaba con temor. La mística de ese ceremonial apasionante era una vaga mitología formada por imágenes imprecisas en la que se insinuaba la re­producción de los musgos y de las algas, la creación de los racimos y de los gajos o el maullido lastimero de los gatos en los tejados cercanos. Las figuras de las estatuas griegas en los textos de Historia, el recuerdo de las bailarinas de las operetas -pulidas por la luz lechosa de los reflectores^, los versos obs­cenos del padre Borges, se unían en el febril entusiasmo del adolescente con un empuje de pleamares exaltadas por un potente ímpetu. Recordó una pareja que viera la otra noche, cuando paseaba en automóvil: un hombre y una mujer que formaban amoroso montón en un recodo oscuro de la carretera de El Valle; se le vino a la mente la frase de su chofer: “¡Ah, gente pa* gozá”, y comprendió, definitivamente, que sólo Satanás poseía los tesoros hacia los cuales se alzaban sus deseos como una gran llama de pasión. Los curas podían decir lo que quisieran, pero...
Ante el espejo, sonriente y pedante, se alisó los cabellos, se apretó el nudo de la corbata. Tras la puerta, la vieja Marcelina lo llamaba a comer.
***
Durante la comida apenas habló. Desarrollaba ante sus pa­dres una pose enigmática y displicente, mientras gozaba pen-






sando que las preguntas de su madre (las de siempre: que por qué lo habían castigado, que si había estudiado las lecciones) y las miradas del padre, irónicamente severas, eran señal de que ellos notaban el terrible cambio que había sufrido la vida del hijo. Le daba alegría suponer que la madre se preocupaba por descubrir la causa de que Su muchacho queridísimo sonriera sin motivo y contestara a sus angustiadas interrogaciones con monosílabos secos; pero su goce llegó al máximum cuando el padre se le encaró:
—¿Qué significan esos modos de responder a tu mamá, Julio?
El no dijo nada; pero, dentro, le vivió una plena felicidad; estaba obrando de una manera extraña y el padre se había dado cuenta. Entonces conversó, dijo tonterías, habló de los cucuru­chos que hacía el padre Echevarrieta antes de comenzar sus sermones. Don Vicente rió; doña Isabel sonrió aparentando disgusto:
. —No debes burlarte de tus profesores. El padre Echevarrieta es un sacerdote muy meritorio y habla muy bien.
***
Apenas terminó de comer se acostó. Quería estar totalmente solo para pensar serenamente lo que iba a hacer para lograr tener en sí aunque fuera una pequeña parte de la gran fuerza que brotaba de la entraña de los seres y corría la carne de la tierra como una sagrada onda oscura.
Haría una petición a Satanás, una súplica recia que llegara a parecer digna del gran ángel caído, enemigo de Dios; algo semejante a lo de Fausto, pero de otro modo. Y pensó, con toda su voluntad, en esa súplica terrible que tenía que hacer.
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Los cuentos de brujerías que había leído, que había escu­chado (sacrificios de animales al toque de media noche bajo la Urna en creciente, ofrendas de aceites verdes hechos con las yerbas olorosas) le parecían tontos, ingenuos, infantiles, des­provistos de la importancia espiritual que él había aprendido en sus catecismos y apologéticas.
“Eso” debía ser algo suyo, algo en que su alma interviniera realmente, y que, dentro de una aparente normalidad, encerrara su significado de elevado valor religioso y demoníaco...
¡Si fuera al corral ahora y, bajo la luna, con lentas palabras, dijera lo que deseaba!... Lo desechó al pensarlo: no era capaz de hacerlo. Se caería de miedo antes de que sonara su primera palabra. No era capaz de hacerlo. En ese momento el corral empapado de luna tendría aspecto de cosa imaginada; bajo los rosales, entre los gruesos árboles del fondo, parecerían las sombras monstruosas pensamientos abandonados... Y, bus­cando otra razón a más del miedo, murmuró:
-Las palabras se dicen y se olvidan...
Si escribiera... Una carta, o mejor, un contrato... Lo ente­rraría bajo el oscuro barro del corral; allá, en la entraña húmeda se pudriría el papel y, quizá alimentada con la sustancia misma del convenio brotaría una extraña flor de olor extraño, de olor caliente y poderoso...
Al poco tiempo le disgustó el nuevo proyecto: el contrato debía ser hecho en una cosa de la naturaleza: si fuera posible escribirlo en el agua, en el viento, como un sueño de poeta...
Y se dio cuenta de que sus ideas tomaban nimbo disparatado y se apartaban de la justeza y petulancia que él deseaba.
Podría grabarlo en el barro, a la sombra del eucaliptos que nació para mástil de balandra... Y negó también: debía ser algo
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perenne, por lo menos durable y, marcadas en el polvo desapa­recerían pronto las letras porque, a la primera lluvia, se unirían de nuevo los húmedos terrones que separó la mano y, al primer día de sol, el viento borraría también los signos marcados. Debía ser algo perenne, por lo menos durable.
Hasta que,_por fin, le brotó clara la idea que había de gustarle definitivamente: escribiría el contrato en la corteza del torcido guayabo, del guayabo leproso encorvado que rozaba con las ramas la pared del corral.
Entre las sábanas sintió que lo llenaba una gozosa emoción, muy distinta a la que, por la tarde, lo había hecho temblar.
***
Se quitó el piyama y quedó desnudo bajo las sábanas por ver si era el calor lo que no lo dejaba dormir, pero no logró nada y, entonces, se dedicó a seguir los ruidos de la casa.
Las gotas de agua en el tinajero sonaban dulces, con pequeña armonía cariñosa y familiar. A Julio le parecía ese delicado y hondo sonido algo unido íntimamente a su madre, quizá porque ella había defendido siempre el viejo tinajero de vemegal verdoso, barbudo de heléchos. Una vez el padre había querido traer un filtro moderno y ella se había opuesto, por cariño al tinajero fresco y musical.
Siempre ha habido, en todos los pequeños problemas caseros, esa lucha entre don Vicente y doña Isabel; entre el padre amante del sencillo confort y la madre, que gusta de adornos y de flores, de fmtas y de perfumes, de las blandas complicaciones y de la holganza bonachona. Siempre se adivi­na en la madre, bajo la apariencia bondadosa, un centro recio y


rebelde que la mantiene rectamente plantada sobre la tierra; siempre se presiente en el padre una abonada sensiblería, a pesar del severo exterior y de la solemne figura de comerciante rico.
En el silencio de la casa, los ronquidos de don Vicente, suaves y silbantes, no dejaban dudas respecto al carácter apaci­ble del roncador... ¿Qué marca le irían a dejar -pensó Julio- la dulzura del padre y su recia expresión? ¿Qué señal le dejaría la dureza materna envuelta en gustos frívolos, en apasionado pla­cer por perfumes y frutas y flores y cortinajes?... Por ambos lados se fundían en Julio viejas familias de historia conocida, de abolengo claro, cuyo árbol geneálógico enseñaba nombres unidos a una vida fácil y cortesana... A través de los tiempos, siempre mantuanos hacendados, comerciantes, políticos... y, entre ellos-como un extraño chispazo rebelde- aquel general Juan Pablo Folgar que abandonó fortuna y haciendas para gue­rrear durante veinte años de revoluciones venezolanas. Des­pués de él, la familia Folgar se encoge, se populariza, busca enlaces democráticos y morenos... En el padre de Julio nueva­mente adinerada tribu, elige en los salonesJa mujer fina, frívo­la, perfumada...
Julio recuerda el retrato de su madre que guarda en el escaparate. A pesar de la suavidad con que sale del corpiño su busto redondo, a pesar de la redonda cabecita de bucles com­puestos, a pesar de la tierna curva de los brazos caídos sobre la flor de seda negra de la falda y de la delicadeza con que sujetan los largos dedos el pañuelito de encaje, la mirada de la “niña” Isabel Goicoechea es valiente y decidida. Si por alguien siente cariño Julio es por esa del retrato, que es y no es su madre: por esa Isabel Goicoechea, que dedica la fotografía a su único amor, Vicente Folgar.
/ Ahora, ¡qué distinta está la madre!... Julio la quiere, pero no con la ternura que le produce el viejo retrato romántico donde se desdibuja en tonos sepias, la dulce gracia de mía muchacha que sostiene en los dedos un pequeño pañuelo de encajes. Aho­ra, bajo la gorda suavidad de la línea otoñal, hay en ella un tono desafiador, un altanero sentimiento.
Julio se revuelve en la cama. Si algo lo va a hacer dormir no es eso de recordar las cosas tontas de la familia. No le falta sino pensar también en las sirvientas: la vieja Marcelina la que le contaba cuando pequeño los cuentos de Tío Tigre y Tío Cone­jo, la que contaba con su voz lenta y oscura aquello de “onza, tigre y león”; podría pensar también en Mariana la lavandera. Pero mejor es no pensar en nada y ponerse a decir números para que el sueño venga.
En el patio, se mueven las palmas de hojas ásperas; hasta Julio llega el sonido del roce de las hojas. Más lejos, allá, en lo hondo de la noche, apenas se oye el cometazo de un automóvil. Alguien corre a estas horas -pasada ya media noche- por las calles caraqueñas. Seguro un hombre besa a una mujer pintada, metido en su borrachera al abrigo del auto.
Julio se revuelve en la cama. Es difícil dormir con tanta idea tonta en la cabeza. Obligarse a pensar en el contrato sería peor aún.
¡Si pudiera no pensar!... Pero es imposible; los pensa­mientos son independientes allí, en su cueva del cuerpo; comienzan sin que uno se dé cuenta y, de pronto, ya existe eso que liemos pensado... ¿Quién ha dicho que son nuestros?... ¿acaso quiere Julio Folgar Goicoechea pensar todo esto sin in­terés que está pensando?
Ideas, sensaciones, emociones, actos reflejos, conciencia, inconsciente, subconsciente: cosas vagas... Ver, oír, oler,


gustar, y tocar; memoria, entendimiento y voluntad. Los cinco sentidos, las tres potencias del alma. ¿Se ve con el cuerpo o con el alma? ¿Se desea algo con el cueipo o con el alma?... ¿Ese sonido de las gotas de agua en el vemegal del tinajero lo está sintiendo él, o es imaginación solamente? ¿Qué se muere en el sueño? ¿Qué sigue viviendo?...
Julio está adormilándose; la idea del contrato se le clava, brillante como una flecha de oro, en su somnolencia. Y este es su sueño, que lo mueve interiormente a pesar de que ya duerme. En la bruma del alma se dibujan los contornos de plata de estos fantasmas vivientes y pesados.
Espirales blancas se enredan sobre el cuerpo y el susto de la vida está en los ojos de “Ella”; en su brazo caliente está la vida; en la sed de su vientre una locura tiembla; en sus labios sangrientos hay un pájaro muerto; y en su lengua hay dulzura: miel y leche, que es la sangre del beso; en lo interior, rozando el sueño, hay íntimas espinas desgarradoras y es dulce el beso de Vida y Muerte; un licor de uvas muere; en lo hundido ro­mántico del alma se exprimen cándidos racimos y hay miel y leche, como en el canto de Salomón. Aletea la sangre en el beso...
Un relámpago azulado lo levantó del sueño. Su primer pensamiento, fue el verso de Rubén: y la carne que tienta con sus frescos racimos...
En seguida, como si algo lo guiara, se sentó en la cama. Algún ruido extraño había oído. Se vistió el piyama nuevamente y salió hasta la puerta. Miró, siguió caminando hasta el comedor. En el último cuarto, donde se guardan los vinos y las comidas, había luz; cuando iba a seguir hasta allá, salía su madre. Arreglándose el pelo, sujetando con sus manos
delgadas el kimono de seda, ella le habló con su voz cálida, que los años hicieron un poco temblorosa:
-¿Qué buscas, Julio?
-Nada. Que vi la luz en el cuarto de guardar.
-Ya ves. Era yo. Vamos a dormir.
—Es que no tengo sueño.
-No, hombre. Ahora nos acostamos los dos.
Le pasó el brazo por la cintura y lo retiró en seguida:
—Ya eres un hombrazo. Estás fuerte. Vas a tener que ponerte los pantalones largos ahorita. ¿Te parece bueno el día de tu santo?
-Por supuesto, mamá.
—Bueno. Anda a acostarte. Anda. Te voy a arropar como cuando estabas chiquito.
Así fue. Las manos de la madre, apenas rozándolo, con una delicada pureza, le componían la sábana cómodamente.
—La bendición, mamá.
—Dios te bendiga, hijo. Y a mí también, que lo necesito más..,
—¡No juegue, mamá!
Ella sonrió triste y se fue, dejando su olor dulce en el cuarto. Julio se durmió pronto y una imagen viva de su sueño anterior volvió a llenarlo: eran unos labios enormes que se acercaban siempre y sangraban una extraña sangre espiritual, inexistente, literaria.
***
Al llegar del colegio,’la mañana siguiente, Julio gritó “la bendición’’ a su madre y Siguió corriendo rápido hasta el co-


rral, mientras sacaba del bolsillo la navaja brillante que com­pró. Sentía en la carne los pinchazos de su emoción cuando comenzó a arrancar las primeras cortezas del guayabo, las que se caen fácilmente. Al fin quedó desnudo un retazo grande de la retorcida madera interior y 61 fue escribiendo, con las letras del alfabeto griego, su contrato. Trabajosamente arrancando des­pacio los trocitos húmedos del árbol, el brillo de su navaja es­culpió la palabra QUIERO, y se detuvo. Había que darle una forma solemne, seria, que trajera consigo un pensamiento de perennidad. Nuevamente, comenzó: “Señor de la Mentira, mi señor Satanás, quiero...**
Pedía, que no se le negaran sus deseos, que sus movimientos eróticos encontraran en los seres deseados la tendencia corres­pondiente, el deseo complementario. Despacio, tembloroso, fue grabando en el tronco leproso del guayabo su contrato sa­tánico. En el trabajo su navaja brillaba como si fuera hecha de llama.
Por fin terminó. Frío y sudado se echó como otros días en la tierra floja y oscura del corral. Estaba dentro de sus sueños aunque tuviera abiertos los ojos, aunque estuviera viendo la pared enladrillada. Alrededor suyo y dentro de sí, lo apretaban brutales deseos, terribles y brutales deseos que tenían por obje­to el mundo, todo lo cambiante y dulce, todo lo suave y sabro­so, todo lo fervoroso y voluble, todo lo fresco y sensual: la ebullición vital, la fuerza de la rosa y el torrente, de las pleamares y de las lunas llenas, de los mediodías luminosos y calientes y de las frías noches enlunadas de viento largo que abrasa con su frío, del movimiento misterioso del mar hondo, del abultamiento de la semilla bajo la húmeda tierra olorosa, de la rama que revienta en retoños.
Adoró la fuerza solemne y variable de la Vida, grandiosa I como un bello destino humano. Como si fuera poseedor de una nueva Lámpara Maravillosa de Aladino, se sintió amo de una extraordinaria potencia que le cubría de belleza las cosas habituales y adoró en sí mismo, bajo el templo de su corral, ese enorme afán. Con otro nombre, adoró al viejo Dios Falo y a Satanás.
***
De pronto, la voz de la negra Mariana, la lavandera, lo des­pertó de su enervamiento. Ahí estaba la negra, desnuda, porque el viento le pegaba el vestido contra su cuerpo moreno y per­fecto. Julio la miraba.
—Su mamá le manda a decir que si no va a bañarse hoy ; que es tarde.
Julio la miraba:
—Dilea mamá...
Violentamente, la apretó por la cintura huidiza.
-Niño Julio, que nos van a ver. ¡Ah, niño Julio!... ¿Como que quiere dejar de ser niñito?
***
Cuando llegó al Colegio, preguntó por el padre Echevarrieta y, ante él, habló compungido:
-Padre. Tengo que confesarme. He cometido un pecado muy grande...
Caracas: 1934.